Teoría de burocracias

Por qué se agotan las revoluciones y cómo evitarlo
Juan Zaragoza

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0. Introducción

Las revoluciones socialistas del siglo XX se convirtieron en sistemas burocráticos, muchos de ellos autoritarios, y con el tiempo restauraron la economía capitalista. Es pertinente analizar estas tendencias para evitarlas en eventuales revoluciones futuras.

Contar con una explicación científica de por qué surgen las burocracias y cómo evitar que lo hagan ayudaría a construir un sistema alternativo sin burocracias. Este ensayo expone los avances de la teoría de la cooperación más relevantes para responder ambas preguntas1.

Hay una corriente del socialismo que trabaja contra el autoritarismo de los Estados socialistas e intenta garantizar su democracia. Nació con León Trotsky y su lucha contra el autoritarismo de Stalin, que sostuvo hasta ser asesinado por el régimen estalinista. Esta corriente, el trotskismo, es además el movimiento más numeroso en Argentina que reclama un sistema económico alternativo. Por estos motivos, escribí este ensayo pensando en lectores familiarizados con el trotskismo o el marxismo en general.

Mi objetivo principal es responder, desde una perspectiva materialista2 y revolucionaria, por qué se burocratizan las revoluciones.

Responder desde una perspectiva materialista implica analizar los hechos a la luz de los intereses materiales de sus actores. En otras palabras, implica rechazar explicaciones que apelen a la bondad o maldad de los dirigentes, a “traiciones”, “mezquindades”, “grados de conciencia”, “vestigios culturales del régimen capitalista” y otros juicios de valor o rasgos de la personalidad que no puedan traducirse claramente a cuestiones materiales. Implica describir, desapasionadamente, cómo la interacción de diversos actores que persiguen sus intereses materiales hace que las estructuras burocráticas emerjan.

Responder desde una perspectiva revolucionaria implica señalar las causas de la burocratización para aprender a evitarla en el futuro. Implica estudiar los obstáculos a las revoluciones para potenciar, no para rechazar, los esfuerzos revolucionarios. Para ilustrar la idea con una analogía, sería imposible llegar a la luna sin conocer la gravedad. Reconocer la fuerza que dificulta la tarea permite aprender cómo superarla. En cambio, ignorar la gravedad implicaría admitir la derrota antes de empezar. A través de este ensayo, voy a hablar de fuerzas que “tiran para abajo” y obstaculizan la construcción del socialismo, precisamente porque entender la gravedad es indispensable para viajar a la luna.

Además de presentar por qué surgen las burocracias, el ensayo propone una posible solución. En principio, deberían existir más soluciones que la propuesta en este ensayo. Conviene aclarar, sin embargo, que las soluciones propuestas por la tradición histórica, tales como la rotación y revocabilidad de cargos de representantes, son insuficientes para evitar el auge de las burocracias y la tendencia al autoritarismo en las revoluciones.

Prevenir la burocratización evitaría el autoritarismo una vez logradas las revoluciones, pero también impactaría en las luchas actuales. Las burocracias sindicales, por ejemplo, han obstaculizado una y otra vez al movimiento obrero. Por eso, creo que incorporar avances científicos para evitar la burocratización no es un lujo que debamos postergar hasta resolver asuntos más urgentes, sino un andamio para fortalecernos y conseguir nuestros objetivos.

Intereses contradictorios y burocracias

El ensayo articula dos observaciones.

La primera observación es la fuerza que “tira para abajo” y obstaculiza las revoluciones: a veces, el interés individual se opone al interés colectivo. Imaginemos, por ejemplo, un cantero con flores que corre a lo largo de una plaza. A su lado, hay una persona apurada por llegar a una reunión del lado opuesto del cantero. El interés individual del transeúnte sería cruzar sobre el cantero y pisar las flores para llegar a tiempo, pero si todos hicieran lo mismo, la plaza se arruinaría. En ese caso, el interés colectivo de que nadie pise las flores se opone al interés individual del transeúnte.

En el plano político, por ejemplo, un trabajador decide si acoplarse o no a una huelga. Lo mejor para el movimiento es que todos los trabajadores participen, para que la medida tenga éxito y mejoren las condiciones laborales de todos. Sin embargo, el trabajador razona que, si los demás sostienen la huelga con éxito, él podrá disfrutar de los derechos adquiridos sin haber arriesgado su trabajo, e incluso quedar bien con el jefe por haber ido a trabajar en una fecha crítica. Por otra parte, si la huelga no prospera, los pocos que hayan faltado al trabajo quedarán expuestos. En cualquier caso, el interés individual sería asistir al trabajo, lo cual se opone al interés colectivo de los trabajadores.

La segunda observación, que articularemos con la primera, es el fenómeno que queremos explicar: los grupos y organizaciones de gran escala tienden a ser burocráticos. Son verticales y concentran el poder en las cúpulas. En cambio, los grupos pequeños tienen más probabilidades de ser horizontales y democráticos.

Por ejemplo, durante su exilio en México, Trotsky observó que la incorporación indiscriminada de nuevos participantes al partido comunista condujo a su burocratización. El partido era democrático hasta que se volvió masivo. Con la masividad, una cúpula empezó a tomar las decisiones y el resto pasó a obedecer.

Otro ejemplo es la paradoja sindical argentina. Durante la década del 60, el entonces gobierno de facto decidió desarticular las grandes centrales sindicales para debilitar al movimiento obrero. Contrariamente a lo que esperaban, la desagregación de los sindicatos forjó la época más combativa del sindicalismo argentino. En su punto álgido, los sindicatos de Córdoba tomaron la ciudad en un evento conocido como el Cordobazo que dio inicio a la retirada de la dictadura militar. La mayor horizontalidad de los sindicatos desagregados llevó a que representaran con mayor firmeza los intereses de los trabajadores. Paradójicamente, los sindicatos más pequeños parecían cobrar más fuerza.

El tercer ejemplo son las economías socialistas en general. En escalas pequeñas o medianas, como la Comuna de París y otras experiencias comunales, las economías socialistas sostuvieron altos grados de horizontalidad y democracia. Sin embargo, siempre que el socialismo se implementó a nivel estatal, tendió al autoritarismo. La burocratización en gran escala sucedió en las decenas de experiencias históricas de Estados socialistas. Una tendencia tan consistente requiere una explicación científica y sistémica.

A través del ensayo, mostraré cómo se conectan ambas observaciones, es decir, cómo la contradicción entre el interés individual y el interés colectivo lleva a que los grupos pequeños sean horizontales y los grupos grandes tiendan al verticalismo. El análisis posterior se basa en avances científicos de la teoría de la cooperación, y no apela a diferencias en la personalidad o el carácter moral de los diversos actores. Se centra, exclusivamente, en la interacción y convergencia de intereses materiales. Espero que el análisis materialista de este fenómeno ayude a construir alternativas no burocráticas al socialismo de gran escala.

1. Intereses contradictorios

La contradicción entre intereses individuales y colectivos fue un problema recurrente para el socialismo, que Trotsky señaló en varias ocasiones. Causó conflictos antes, durante y después de la revolución y es, posiblemente, el obstáculo más importante para los esfuerzos revolucionarios.

Durante la revolución rusa, Trotsky intervino en dos casos paradigmáticos de la contradicción entre intereses personales y colectivos: la cuestión de los sindicatos ferroviarios y el motín de Kronstadt.

En la guerra civil revolucionaria, los trabajadores ferroviarios eran esenciales para trasladar víveres y armamento destinados a los esfuerzos revolucionarios. En momentos críticos, podrían haber aprovechado su esencialidad para mejorar sus condiciones de vida en perjuicio de la revolución. Por ejemplo, una huelga que detiene un tren con víveres para una ciudad sitiada es una medida de fuerza poderosa para mejorar las condiciones de trabajo, pero es fatal para una revolución. Trotsky reconoció esta posible contradicción e impuso medidas disciplinarias estrictas para evitar las huelgas ferroviarias.

De manera similar, la base naval de Kronstadt también era esencial para el ejército rojo. Contaba con la flota del Báltico, acorazados, artillería pesada y miles de marinos. Además, era una posición estratégica por controlar el acceso a Petrogrado (actual San Petersburgo). Por su papel indispensable, llevar a cabo un motín en Kronstadt era una medida de fuerza poderosa para garantizar los reclamos de los marinos, pero al mismo tiempo ponía en jaque a toda la revolución rusa. Cuando esto sucedió en 1921, Trotsky antepuso la revolución y ordenó reprimir el motín.

En ambos casos, Trotsky consideró que el interés colectivo de la clase obrera era triunfar en la guerra civil contra el ejército blanco, contrarrevolucionario y aliado del zarismo. El problema era que los intereses particulares de algunos sectores, como los marinos de Kronstadt o los trabajadores de los trenes, podían contrariar el interés colectivo.

Tras la revolución, la contradicción entre los intereses individuales y colectivos volvió a presentarse durante la colectivización, un fenómeno que Trotsky analizó con detenimiento en La revolución traicionada. El interés colectivo de la Unión Soviética era mejorar la eficiencia agrícola por medio de maquinaria pesada. Tal esfuerzo requería reunir tierras y animales de varios campesinos para aprovechar los rendimientos a escala. Sin embargo, el interés individual de algunos campesinos era evitar la expropiación de sus propios animales y conservarlos para su uso y explotación personal. Por ejemplo, un campesino que sacrificara o malvendiera sus vacas en lugar de entregarlas al koljós3 conservaría la carne y el cuero, o bien el dinero de la venta. Obtener esos beneficios habría sido individualmente provechoso pero dañino para el interés de la colectivización. Para evitar que los campesinos siguieran un interés personal contrario a los objetivos del Estado, Stalin impuso castigos brutales contra los kulaks4 que se opusieran a la colectivización forzosa. Según denunció Trotsky, “a causa de la socialización de las vacas, los campesinos las sacrificaron en masa”, y las secuelas sobre la producción agrícola duraron varios años.

Una vez constituidos los koljoses a la fuerza, la contradicción entre los intereses individuales y colectivos trajo nuevos problemas. El interés colectivo de un koljós es que todos sus integrantes participen del trabajo. Sin embargo, si un campesino se centra exclusivamente en cuidar sus propias tierras y animales, mientras los demás trabajan las tierras colectivas, obtendrá una huerta privada productiva al mismo tiempo que recibirá los frutos del trabajo ajeno, gracias a los que sí trabajan en el koljós. Entonces, el interés individual es producir todo lo que se pueda a título personal y trabajar para el koljós lo menos posible. Trotsky observó que la producción de las parcelas individuales era “dos o tres veces más elevada que su salario en la empresa colectiva”. Además, señaló que la cantidad de caballos disminuía, porque los caballos eran de propiedad colectiva, mientras que la cantidad de vacas aumentaba, porque las vacas eran de los campesinos. También señaló que, en las estepas, donde se permitía poseer caballos a título personal, la tendencia anterior se revertía y la cantidad de caballos aumentaba. Debido a la contradicción entre intereses individuales y colectivos, la colectivización “tuvo por consecuencia, además de destruir más de la mitad del ganado, un hecho aún más grave: la indiferencia completa de los koljosniki —trabajadores de los koljoses— por la propiedad socializada y por los resultados de su propio trabajo”.

La contradicción entre intereses individuales y colectivos también ha generado problemas más allá del socialismo y la revolución. Aparece en cualquier situación donde el beneficio individual y el colectivo divergen, incluso en la vida cotidiana de las sociedades capitalistas. En materia ambiental, el interés colectivo de la humanidad es que todos reciclemos, usemos transporte público, reduzcamos el uso de plástico y, en general, evitemos contaminar. Sin embargo, individualmente conviene ahorrar tiempo, usar recipientes descartables que no hace falta lavar, y disfrutar de la comodidad de viajar en automóvil. Aunque existan personas que sacrifican su interés individual por el bienestar colectivo, la mayoría no lo hace.

Para ofrecer un ejemplo cotidiano, en una estación de tren, el interés individual de los pasajeros es subir al vagón lo más rápido posible para conseguir un asiento. Colectivamente, el grupo podría ahorrarse los empujones y subir con más rapidez, tranquilidad y comodidad si todos respetaran la fila y esperaran que bajaran los pasajeros anteriores antes de subir. En algunas estaciones, los pasajeros respetan el interés colectivo de formar filas, mientras que en otras estaciones esto nunca sucede.

Existen situaciones donde las personas tienden a actuar a favor de los intereses de su propio grupo, y situaciones en las cuales tienden a actuar en contra. Es importante comprender qué factores determinan que suceda una cosa o la otra, para aprender a resolver problemas como los anteriores. Una explicación fácil, pero poco útil, apelaría a rasgos de la personalidad o del grado de moralidad de los participantes. Desde esta óptica, las personas más heroicas o más conscientes reconocen el valor de trabajar en favor del grupo, mientras que las personas más mezquinas y alienadas no lo hacen. Si el problema es que algunas personas son mezquinas e inconscientes, la solución sería que todos actúen con lealtad y nobleza. Incluso si fuera cierta, la observación no ayuda a intervenir políticamente porque no aclara cómo lograr que las personas actúen con lealtad y nobleza.

En lo que sigue, perseguiremos una explicación materialista de este fenómeno. Las explicaciones centradas en los intereses materiales se ajustan mejor a la experiencia, y señalan un campo claro sobre el cual intervenir. Además, el enfoque es consistente con la experiencia histórica, porque en diversas ocasiones Trotsky rechazó explicaciones éticas del mismo fenómeno en favor de explicaciones materialistas.

Por ejemplo, Trotsky documentó que desde 1935, el estalinismo inició una retirada de la colectivización. Los campesinos volvieron a poseer animales a título privado, y recibieron parcelas próximas a sus habitaciones. Como resultado, la producción agrícola aumentó. Ese mismo año surgió el movimiento estajanovista entre los mineros de carbón. Según la historia oficial, el movimiento había sido impulsado por el minero Stajanov, quien habría superado 14 veces la norma de recolección designada, lo cual habría inspirado a los demás trabajadores en su fervor revolucionario. La inspiración contagiada por el espíritu de Stajanov había llevado a un aumento nacional de la productividad. La explicación ética que daba la burocracia ocultaba el verdadero motivo material subyacente. Trotsky advirtió que el aumento de la productividad en la minería y la industria coincidía con la implementación del trabajo a destajo5 a escala nacional. Entonces, el interés individual de cada trabajador era trabajar lo máximo posible para obtener ingresos mayores. Para Trotsky, “el estímulo de los estajanovistas no consiste […] en la ‘alegría’, sino en el deseo de ganar más”. La explicación materialista comprendía los motivos subyacentes al cambio de conciencia.

Dentro de la tradición socialista, existió una hipótesis materialista de por qué a veces las personas priorizan los intereses de su grupo y a veces no. Esta hipótesis consideraba que las personas seguían los intereses individuales por sobre los intereses colectivos siempre que estaban cerca de la miseria. Por ejemplo, si un campesino posee apenas una vaca, y quedaría en la pobreza en caso de perderla, no tendría respaldo para donarla al koljós. En cambio, si el mismo campesino tuviera sus condiciones de existencia aseguradas, podría anteponer el interés colectivo por sobre el interés individual sin que esto le implique un riesgo para su vida. La consecuencia de aquella hipótesis era que, si la producción aumentaba, la anteposición del interés individual al colectivo tendería a desaparecer.

Era una hipótesis materialista y, por lo tanto, señalaba un campo claro sobre el cual intervenir: para resolver la contradicción entre intereses individuales y colectivos, había que mejorar la productividad. Lamentablemente, la experiencia histórica obliga a revisar esa hipótesis. El ingreso por persona creció enormemente desde mediados del siglo XX, y aun así la anteposición del interés individual persiste incluso en las sociedades más ricas, donde dejar de contaminar o respetar una fila no acerca a nadie a la miseria. Volveremos a tratar esta hipótesis en el capítulo 3, al presentar las diversas medidas que propuso la tradición socialista para prevenir la burocratización.

La anteposición de los intereses individuales por sobre los intereses colectivos ha sido perniciosa para la lucha socialista y para la humanidad en general. A lo largo de su experiencia de lucha, la clase trabajadora se vio obligada a desarrollar soluciones materialistas a estas contradicciones.

Cómo garantizar la acción grupal

En la práctica, no basta señalar que lo mejor para el grupo es que todos los participantes persigan el interés colectivo. Conseguir que el grupo satisfaga los intereses colectivos requiere intervenciones materiales.

Pensemos en la posible contradicción vinculada a participar de una huelga. En principio, el interés colectivo de los trabajadores es que todos se adhieran a la huelga para mejorar las condiciones laborales de todos. Sin embargo, un trabajador que asista al trabajo cuando los demás hacen huelga podrá disfrutar de los frutos de la lucha ajena y, al mismo tiempo, ganará el favor del jefe y evitará arriesgar su trabajo. En la práctica, estas contradicciones se mitigan con intervenciones materiales.

Los huelguistas podrían establecer un piquete que impida a los rompehuelgas entrar a la fábrica. Esto volvería imposible anteponer el interés individual por sobre el interés colectivo, porque ya no habría forma de asistir al trabajo. Otra posibilidad es que los trabajadores penalicen a los rompehuelgas para disuadir su actividad. Cuando la penalización por romper la huelga supera el riesgo de participar, el interés individual se invierte y pasa a ser sostener la huelga. El interés colectivo del movimiento se sostiene mediante medidas materiales que hacen coincidir el interés individual con el colectivo.

Los grupos logran que los intereses individuales converjan hacia los intereses colectivos con medidas materiales que los compensen o contrarresten. El interés individual de colarse en la fila del tren puede compensarse si otros pasajeros confrontan al infractor, y el interés individual de superar la máxima velocidad al conducir puede compensarse con una multa.

Durante la Revolución Rusa, el interés individual de los trabajadores ferroviarios o los marinos de Kronstadt, que promovía rebelarse y poner en riesgo los esfuerzos revolucionarios, fue compensado reprimiendo huelgas y motines. En el plano económico, la caída productiva que surgió cuando los intereses individuales llevaban a abandonar la producción colectiva se compensó generando el interés individual de aumentar la producción. Esto se logró con diversas medidas. La NEP, aplicada por Lenin tras la guerra civil, permitió a los campesinos retener gran parte de su producción y venderla en el mercado. La retirada del proceso colectivizador permitió a los campesinos conservar pollos, cerdos, corderos y vacas, y recuperó la producción agrícola. El estajanovismo se sostuvo en pagar salarios proporcionales a la producción de cada trabajador y disparó la producción minera e industrial. Todas estas medidas conducían los intereses individuales hacia los intereses colectivos.

Las intervenciones materiales no tienen por qué ser físicas o económicas. También pueden ser intervenciones de tipo social. Por ejemplo, el interés individual de servirse toda la comida cuando los demás no miran puede contrarrestarse dejando de invitar a quien lo hace. El interés individual de ganarse el favor del jefe comunicándole cada rumor de la oficina puede compensarse excluyendo del grupo a cualquiera que lo haga. Estas intervenciones son materiales porque traen costos reales a quienes actúan contra el interés del grupo, para compensar los beneficios de perseguir el interés individual.

Más allá de las personalidades, intenciones, noblezas o mezquindades de los participantes, lo que determina si los grupos siguen sus intereses colectivos en la práctica es, en última instancia, si el interés de los participantes es fallarle al grupo o si, por el contrario, el grupo logra sostener medidas materiales que compensan el interés individual de fallarle al resto.

La institución de medidas que compensen los intereses individuales para favorecer los intereses comunes es fundamental en todas las esferas de la sociedad. En la lucha, permite sostener las huelgas y las guerras revolucionarias contra los intereses individuales que las sabotearían. En la producción, protege la productividad contra el interés de descansar mientras el resto trabaja. En la vida cotidiana, garantiza que los transeúntes no pisen las flores del cantero, que se respeten las filas en algunas estaciones de tren y que algunos conductores sean prudentes para evitar multas.

Sin embargo, aplicar estas medidas encierra una dificultad lógica que no suele tenerse en cuenta.

2. Estructuras fundamentales

Cuando participar de la huelga favorece el interés colectivo pero contradice el interés individual, los trabajadores necesitan implementar medidas para lograr que los intereses individuales coincidan con los intereses colectivos. Por ejemplo, pueden disuadir o impedir que los trabajadores rompan la huelga, para disolver la contradicción y garantizar el éxito de la medida.

De esto se sigue que el interés colectivo de los trabajadores incluye, además de participar de la huelga, penalizar a quienes falten a la huelga. Pero esto trae un problema nuevo. Aunque penalizar a los rompehuelgas contribuya al interés colectivo, no necesariamente favorece el interés individual de los trabajadores particulares. La interacción entre intereses individuales es compleja, pero presentar su complejidad es crucial para explicar por qué se forman las burocracias.

Confrontar a los rompehuelgas

Supongamos que un trabajador, Aníbal, se entera de que su amigo Braulio decide trabajar el día de la huelga. Lo mejor para el grupo sería que Aníbal, al igual que los demás trabajadores, confronte a Braulio por faltar. Pero el interés individual de Aníbal es diferente.

Confrontar a Braulio es costoso para Aníbal, porque implica que su amigo se ofenda. En cambio, podría esperar que los demás lo confronten. Mientras los demás confronten a Braulio, la huelga tendrá éxito, mejorará el salario de Aníbal y su amigo no se ofenderá con él. El problema es que si todos piensan como Aníbal, nadie penalizará a Braulio, por lo que romper la huelga volverá a ser individualmente provechoso. Habíamos puesto una regla para compensar una contradicción entre los intereses individuales y los colectivos, pero ahora resulta que el acto de imponer la huelga penalizando a quienes la rompen también implica una contradicción entre los intereses individuales y los colectivos, dado que el interés colectivo de confrontar a Braulio por romper la huelga se opone al interés individual de Aníbal, que preferiría evitar hacerlo.

Podríamos compensar la contradicción de Aníbal con una segunda regla: además de penalizar a quienes rompen la huelga, también hay que penalizar a quienes faltan a penalizar a quienes rompen la huelga. En otras palabras, si Aníbal no penaliza a Braulio, también hay que penalizar a Aníbal. Esto haría que el interés individual de Aníbal coincida con el interés colectivo, porque pasaría a convenirle penalizar a Braulio.

Sin embargo, la segunda regla acarrearía una nueva contradicción: en el nuevo escenario, confrontar a Aníbal contribuiría al interés colectivo, pero sería costoso para Claudio, amigo de Aníbal, quien prefiere que otros lo confronten para evitar ofenderlo. Nada impide que lo haga, dado que:

  1. La regla de penalizar a quienes rompen la huelga implica penalizar a Braulio.
  2. La regla de penalizar a quienes faltan a penalizar a quienes rompen la huelga implica penalizar a Aníbal.
  3. La regla 2 indica penalizar a quienes rompen la regla 1, pero Claudio rompió la regla 2 y ninguna regla indica penalizar a quien rompe la regla 2.

Para disuadir a Claudio, entonces, querríamos incluir una tercera regla que indique penalizarlo por no penalizar a Aníbal. Sin embargo, esto traería una nueva contradicción cuando Daniela deba decidir si confrontar a Claudio, por el mismo motivo de antes: si nadie la penaliza por dejar de hacerlo, su interés individual será no confrontarlo. Compensar la nueva contradicción requeriría una cuarta regla, y así sucesivamente.

De golpe, garantizar la huelga requeriría contar con infinitas reglas, una para cada paso de la cadena, algo que parece imposible. En realidad, solemos resolver este problema en forma cotidiana, automática e inconsciente cada vez que hacemos cosas en grupo.

Las comunidades

Hay un truco para resumir las infinitas reglas que necesitamos. Analicemos, por ejemplo, las siguientes dos reglas:

  1. Penalizar a quien incumple las reglas.
  2. Participar de la huelga.

Con esas reglas, si Braulio rompe la huelga, estaría rompiendo la regla 2, y la regla 1 implica penalizar a quien rompe las reglas. Entonces, las reglas implican penalizar a quien rompe la huelga. Esta idea, que podríamos llamar “regla 3”, no estaba escrita explícitamente pero estaba implícita en las reglas anteriores.

  1. Penalizar a quien incumple las reglas.
  2. Participar de la huelga.
  3. Penalizar a quien rompe la huelga.

Ahora, si Aníbal deja de penalizar a Braulio, estaría incumpliendo la regla 3. Sin embargo, la regla 1 requiere penalizar a quien rompa las reglas, lo cual también implica penalizar a quien no penaliza a quien rompe la huelga. Podríamos llamar “regla 4” a esta cuarta regla, también implícita. Si siguiéramos el ciclo, veríamos las infinitas reglas implícitas que necesitábamos en la sección anterior.

  1. Penalizar a quien incumple las reglas.
  2. Participar de la huelga.
  3. Penalizar a quien rompe la huelga.
  4. Penalizar a quien no penaliza a quien rompe la huelga.
  5. Penalizar a quien no penaliza a quien no penaliza a quien rompe la huelga.

Para que el sistema funcione, no hace falta que nadie piense en las infinitas reglas. Seguir las reglas 1 y 2 es suficiente para que todas las demás queden implícitas.

Lo más importante es que una vez que un grupo de trabajadores sigue las reglas 1 y 2, a nadie le conviene ser el primero en dejar de seguirlas. Si el resto penaliza a quien rompe la huelga, Braulio no querrá faltar. Si el resto penaliza a quien falta a penalizar a quien rompe la huelga, Aníbal no dejará de penalizar a Braulio. Claudio confrontará a Aníbal en lugar de esperar que otros lo hagan, según lo que indica la regla 4, porque los demás siguen la regla 5, que indica penalizar a Claudio si no lo hace. Daniela seguirá la regla 5 porque el resto sigue la regla 6… No importa la cantidad de pasos: el interés individual de todos los participantes siempre es cumplir y hacer cumplir las reglas.

Con las reglas 1 y 2, encontramos un sistema de reglas que logra que el interés individual de todos los participantes sea cumplir y hacer cumplir las reglas. Este tipo de sistemas es clave para la política y la sociedad, y vale la pena recapitular por qué.

Existen acciones, como tomar un atajo que arruina las flores, romper una huelga o faltar al trabajo en un koljós, en que el interés individual contradice el interés colectivo. Estas contradicciones pueden compensarse con reglas. Sin embargo, el acto de imponer reglas, tanto por penalizar a quien las incumple como por favorecer a quien las cumple, también es individualmente costoso y, por lo tanto, solo sucede cuando es recompensado. Entonces, para cualquier sistema de reglas, surge la pregunta de qué motiva imponer las reglas del sistema:

  1. Al inicio de este capítulo, lo que motivaba imponer un grupo de reglas era otro grupo de reglas. Cuando las reglas eran “participar de la huelga” y “penalizar a quienes faltan a la huelga”, también necesitábamos incluir la regla de penalizar a quienes no penalizaban a quienes rompieran la huelga. El sistema de reglas era subsidiario, porque necesitaba de algún otro sistema con reglas que motivaran imponer el sistema en cuestión.
  2. Ahora vimos un sistema de dos reglas que, una vez que un grupo lo cumple, a todos les conviene penalizar a quienes dejan de cumplirlo. En otras palabras, el propio sistema de reglas motiva imponer el sistema. El sistema de reglas es fundamental, porque no necesita que otro sistema de reglas ayude a imponerlo. Diremos que estos sistemas son sistemas circulares, o que cumplen la propiedad de circularidad, porque pueden “imponerse a sí mismos”.

Para que un sistema de reglas funcione, tiene que ser fundamental o sostenerse en algún sistema fundamental. De otro modo, nada motivaría imponer las reglas del sistema. A través del ensayo, distinguir qué sistemas de reglas son fundamentales y qué sistemas son subsidiarios nos permitirá distinguir qué sistemas de reglas son capaces de prosperar y cuáles no, y cuáles son los obstáculos frecuentes para la cooperación grupal.

El sistema de dos reglas que mencionamos es complicado mentalmente, pero lo seguimos de manera automática e inconsciente. Esto es como decir que la dinámica de una pelota de tenis es matemáticamente complicada, pero podemos atraparla en el aire sin pensar en todos esos detalles. Del mismo modo, los pájaros no resuelven cálculos físicos o aerodinámicos para volar. Nuestras comunidades encarnan sistemas de reglas como el anterior, aunque no pensemos en ellos explícitamente6.

Por ejemplo, los chismes encarnan un sistema de reglas similar al que vimos antes. Supongamos que una comunidad tiene una regla que prohíbe teñirse el pelo de rojo. La penalización por incumplir la regla es un chisme que daña la reputación. Un día, Braulio se tiñe de rojo. Su amigo Aníbal podría evitar participar del chisme para que Braulio no se ofenda. Sin embargo, rechazar el chisme implica quedar fuera de la dinámica grupal, ser considerado un aguafiestas y también perder reputación. En cambio, contribuir al chisme contra quien rompe las reglas otorga sentido de pertenencia. Dicho de otra manera, los chismes restan reputación a quienes rompan las reglas, incluida la regla de participar del chisme. Aníbal no es consciente de esta circularidad, pero participa del chisme porque eso hace que otros lo traten mejor. Al igual que Aníbal, a toda la comunidad le conviene ayudar a imponer las reglas.

Todas las dinámicas comunitarias siguen la misma circularidad. Por ejemplo, para que una comunidad sostenga una moda, no es suficiente aprobar a quienes la cumplan y rechazar a quienes la incumplan. La moda también debe aprobar a las personas que imponen la propia moda y rechazar a quienes dejan de hacerlo. Sin ser conscientes de ello, quienes siguen una moda valoran no solo a quienes siguen la moda, sino también a los que reprueban a quienes no la siguen, etc. La mayoría de las veces, la circularidad de las normas comunitarias se da en forma sutil, implícita e inconsciente.

Por supuesto que una comunidad podría tener varias reglas al mismo tiempo, como en el siguiente ejemplo:

  1. Valorar a quien cumple las reglas, incluida esta regla.
  2. Asistir a las huelgas votadas en asamblea.
  3. Rechazar a quien se cuela en la fila del tren.
  4. Rechazar a quien pisa las flores de la plaza.

Una comunidad con las reglas anteriores rechazaría a quien falte a la huelga, se cuele en la fila del tren o pise el cantero de flores. Además, valoraría a quienes confronten a los que incumplen alguna de las normas, explícitas o implícitas. Los rechazos y valoraciones pueden ser tan sutiles como mirar bien o mirar mal a las personas indicadas. Como el mecanismo suele ser inconsciente, solemos pasar por alto su importancia7 y sentimos que hacemos cosas por nuestra comunidad sin esperar nada a cambio. En realidad, sucede que nuestras emociones se encargan de compatibilizar nuestros intereses individuales con los de nuestra comunidad8. Cuando las personas sienten que participan de la huelga por amor a la causa socialista, lo que ocurre en el fondo es que una comunidad promueve, inconscientemente, que sus miembros participen de la huelga, y esa promoción sutil se traduce en el deseo de contribuir a la causa. Ignorar el mecanismo material subyacente impide reconocer cuándo y por qué se presentan, o no, esos actos de amor a la causa.

Aun si las dinámicas son invisibles, tienen efectos observables. Por ejemplo, dado que las comunidades llevan a valorar a quienes imponen nuestros mismos valores, nos cae bien que valoren a quienes apreciamos y que rechacen a quienes despreciamos. A la inversa, dado que las comunidades llevan a rechazar a quienes no ayudan a imponer los mismos valores, nos cae mal que valoren a quienes despreciamos y que rechacen a quienes admiramos.

Suelo llamar “reconocimiento” al mecanismo de circularidad que sostiene a las comunidades, aunque también suele presentarse bajo el nombre de “normas sociales” en otros textos9. El reconocimiento permite favorecer las acciones valoradas por la comunidad y disuadir las acciones rechazadas por la comunidad, de manera fundamental (es decir, sin necesidad de apelar a otro sistema).

Así como el reconocimiento puede promover participar de una huelga, respetar la fila del tren o esquivar el cantero de la plaza, también puede sostener reglas que implementen un sistema productivo. Imaginemos, por ejemplo, una aldea prehistórica. Una aldea también debe resolver contradicciones entre intereses individuales y colectivos. Por ejemplo, hacer un fuego para todos contribuye al interés colectivo, pero el interés individual sería esperar a que otro haga el fuego para disfrutarlo sin esforzarse. Cazar un mamut para que todos puedan comer contribuiría al interés colectivo, pero sería riesgoso para el cazador, que preferiría esperar que se sacrifique otro. El reconocimiento resuelve este tipo de contradicciones constantemente, de manera horizontal e inconsciente, y permitió coordinar acciones productivas de manera horizontal, sin explotación10.

El problema del reconocimiento es que solo puede funcionar en grupos pequeños, porque requiere que todos los participantes puedan verse entre sí. Para entender por qué, supongamos que Aníbal hace un fuego. Para recompensarlo adecuadamente, Braulio tendría que poder ver que Aníbal hizo el fuego. Si ahora Carmen quiere saber si penalizar a Braulio, tendría que enterarse de que Aníbal hizo un fuego y Braulio no lo penalizó, lo que requeriría ver a Aníbal y a Braulio. Si más tarde Daniela quisiera saber si penalizar a Carmen, tendría que ver que Aníbal hizo un fuego, Braulio no lo penalizó y Carmen faltó a penalizar a Braulio como debería, para lo cual debería ver a Aníbal, a Braulio y a Carmen. Por el mismo motivo, cuando Ernesto quiera saber si Daniela cumplió su rol, tendrá que ver a Aníbal, Braulio, Carmen y Daniela. En general, saber si una persona está imponiendo las reglas adecuadamente requiere poder ver a toda la comunidad, algo que es imposible en grupos de miles de personas.

El problema anterior impide que el reconocimiento organice grupos grandes. Imaginemos, por ejemplo, que trabajamos en un koljós de miles de personas. La regla que beneficiaría al grupo es que todos trabajen en el koljós, aprovechando la maquinaria pesada y los rendimientos a escala, en lugar de que cada uno labre su propia parcela mientras los demás aportan al grupo. Si estuviéramos en una pequeña cooperativa agraria, donde todos se ven con todos, la regla podría implementarse mediante el reconocimiento del mismo modo que antes. Cada uno trabajaría en la cooperativa, porque dejar de hacerlo sería penalizado, porque dejar de penalizar a quien no aporte al grupo también sería penalizado, etc. El problema es que, cuando el koljós tiene miles de personas, solo una mínima fracción ve que Aníbal trabaja en su parcela privada. Si Aníbal quisiera ofrecer remolachas de su cosecha como sobornos para que no lo penalicen, solo tendría que sobornar a sus vecinos. Braulio, vecino de Aníbal, sabe que solo una mínima fracción del koljós se enteraría si falta a penalizar a Aníbal adecuadamente, y reconoce que las remolachas son especialmente tentadoras. Entonces, el interés individual de Aníbal y sus vecinos es permitir que Aníbal trabaje impunemente en su parcela y reparta remolachas, aunque esto perjudique a todos los demás participantes del koljós, que no ven los acuerdos entre Braulio y Aníbal. Confrontar a los vecinos ya no es conveniente porque la mayoría del grupo no percibe esa falta.

Los grupos pequeños pueden sostenerse en mecanismos horizontales e inconscientes como el reconocimiento, pero los grupos grandes no. Una consecuencia práctica es que los gestos altruistas o inconscientes en favor del grupo, que parecen nacer por iniciativa propia y sin que nadie lo pida u ordene, son comunes en las tribus, aldeas y grupos de amigos, pero infrecuentes en las grandes metrópolis. Dado que el reconocimiento no es suficiente para organizar la actividad de grupos grandes, cabe preguntarse cómo se organizan las ciudades, los países, las corporaciones o las clases sociales.

Las jerarquías

Cuando el interés individual contradice el interés colectivo, los grupos requieren reglas o medidas compensatorias. Imponer las reglas o medidas compensatorias suele ir contra el interés individual y también debe ser compensado. Para evitar una regresión al infinito, se necesita algún sistema de reglas que motive imponer las propias reglas. Los sistemas de ese tipo son fundamentales porque, pudiéndose sostener a sí mismos, pueden sostener también a cualquier otro sistema de reglas que el grupo necesite. Existe un sistema fundamental, el reconocimiento, que logra la circularidad de sostenerse a sí mismo de manera horizontal, pero que no funciona en grandes escalas. Entonces, los grupos grandes como los Estados o las federaciones sindicales deben sostenerse en algún sistema fundamental distinto al reconocimiento.

Otro sistema de reglas capaz de sostenerse a sí mismo son las jerarquías. Las jerarquías también pueden describirse mediante dos reglas:

  1. Hay un jefe o autoridad que manda.
  2. El resto del grupo obedece las órdenes del jefe.

Las jerarquías se sostienen a sí mismas porque, una vez que el grupo obedece al jerarca, el interés individual de todos los subordinados es seguir obedeciendo. Esto es porque, siempre que los demás obedezcan, el primero en desobedecer será penalizado por sus compañeros cuando el jerarca ordene penalizarlo. Entonces, el interés individual es obedecer al jerarca incluso cuando ordena imponer la obediencia, lo que ayuda a imponer la autoridad del jerarca11. Como se sostienen a sí mismas, las jerarquías también son sistemas fundamentales.

Las jerarquías tienen una gran virtud y un gran defecto. Su virtud es que pueden sostener la acción colectiva de grupos grandes, porque no requieren que todos vigilen a todos. Su defecto es que centralizan el poder en un jerarca que, llegado el caso, podría tomar decisiones contra los intereses de sus subordinados.

Empecemos por el defecto: a diferencia de las comunidades, que son horizontales, las jerarquías concentran el poder en un jerarca. En las jerarquías, el interés individual de los subordinados es contribuir a imponer la autoridad del jerarca, incluso si su interés colectivo fuera desobedecer. Por ejemplo, un tirano en el desierto podría ordenar que sus subordinados construyan pirámides y den latigazos a los desobedientes. Incluso si el interés colectivo fuera dejar de mover bloques bajo el sol, a ningún subordinado le convendría ser el primero en hacerlo, porque implicaría recibir latigazos. Conviene obedecer al tirano para evitar recibir latigazos, y obedecerlo implica latiguear a los desobedientes. Lo que permite que el sistema se preserve a sí mismo es precisamente que el interés individual sea contribuir a sostenerlo incluso a pesar del interés colectivo.

El jerarca puede motivar cumplir las reglas apelando a incentivos más sutiles que los latigazos. Por ejemplo, puede ofrecer más oro, más poder de decisión o mayor expectativa de ascender en la jerarquía a quienes lo obedezcan más, y menos a quienes desobedezcan, y seguiría conviniendo obedecer. Lo importante es que la autoridad puede aprovechar la obediencia para recompensar la obediencia y fortalecer su propia autoridad.

La observación anterior no debería ser desesperanzadora, pero tampoco debería pasarse por alto como un asunto menor. El objetivo de este ensayo es comprender las fuerzas que obstaculizan los esfuerzos revolucionarios a fin de aprender a sortearlas, por el mismo motivo por el que hay que conocer la gravedad para llegar a la luna. Con esto quiero decir que no es suficiente observar que los subordinados vivirían mejor si dejaran de obedecer al tirano, o que la solución es tan sencilla como organizarse para dejar de obedecer. Aunque eso sea técnicamente cierto, organizarse para desobedecer a un jerarca implica desafíos concretos que debemos conocer para poder resolverlos de raíz12.

El defecto de las jerarquías acarrea una virtud. El reconocimiento era horizontal porque no había una persona que decidiera cuándo penalizar o recompensar a cada uno de los demás. Era la comunidad entera, con conocimiento de las reglas y viéndose todos con todos, la que penalizaba a los desobedientes cuando era preciso. En las jerarquías, sí hay una persona que decide cuándo recompensar a los demás, y esto vuelve innecesario que los subordinados se vigilen entre sí. En cambio, es suficiente que un jefe vea a sus subordinados y ordene penalizar a los desobedientes cuando incumplan las reglas. Esto permite que una jerarquía se acople a otras jerarquías para formar una pirámide. Por ejemplo, un jefe en una aldea puede vigilar a sus habitantes, y un jefe regional puede vigilar a varios jefes de aldea. Los jefes de aldea obedecen al jefe regional por la amenaza de ser atacados por las otras aldeas obedientes, mientras que los habitantes de las aldeas obedecen a sus jefes para evitar que otros habitantes los penalicen o expulsen de la aldea. Al delegar parte de la vigilancia, el jefe regional puede dominar grupos que no podría vigilar directamente. Del mismo modo, también podría existir un jefe provincial con autoridad directa sobre los jefes regionales y autoridad indirecta sobre los jefes de las aldeas y habitantes de las aldeas. La cantidad de niveles con jerarcas intermedios podría ser tan grande como se necesite, por lo que las jerarquías son capaces de organizar grupos de tamaño ilimitado.

El koljós, por ejemplo, no podía organizarse mediante el reconocimiento. Sin embargo, podría estructurarse mediante un jerarca que vigile a varios capataces, donde cada capataz vigila a varios campesinos. A cada capataz le convendría vigilar a sus subordinados de acuerdo con la voluntad del jerarca para cuidar su posición. Al jerarca le conviene premiar a los capataces más obedientes para mejorar la productividad de su organización. A los subordinados les conviene obedecer a sus capataces para evitar ser penalizados. Cabría preguntarse cuánto quedaría de colectivismo en una estructura de esta índole, tema que desarrollaremos en el capítulo 4.

Entonces, aunque las jerarquías centralicen el poder, permiten organizar grupos grandes en acciones colectivas. Recordemos que las acciones colectivas deben sostenerse, en última instancia, en algún sistema de reglas capaz de sostenerse a sí mismo. Los grupos pequeños tienen al reconocimiento, mientras que los grupos grandes apelan a jerarquías para resolver el mismo problema:

  1. Superar el límite máximo de velocidad o abaratar costos contaminando ríos favorece el interés individual y contradice el interés colectivo. Estos intereses se compensan con multas que, en última instancia, son implementadas por una jerarquía: el Estado.
  2. Amotinarse para recibir mejores condiciones convenía a la guarnición de Kronstadt pero perjudicaba al interés del ejército rojo. El motín se aplacó con una represión sostenida en la jerarquía militar.
  3. Hacer huelgas ferroviarias en momentos críticos de la guerra civil convenía a los trabajadores del tren pero perjudicaba al interés revolucionario. Trotsky jerarquizó y “militarizó” los sindicatos de trenes para disuadir estas huelgas.

El reconocimiento y las jerarquías son sistemas fundamentales en el sentido de que no necesitan sostenerse en otros sistemas para sobrevivir. El reconocimiento solo funciona en escalas pequeñas, mientras que las jerarquías pueden funcionar en grupos ilimitados. Hasta la actualidad, no existió un sistema de reglas alternativo a las jerarquías capaz de fundamentar la acción colectiva de grupos grandes. En los capítulos siguientes, veremos que la falta de una alternativa a las jerarquías para resolver este problema es el motivo principal por el que las revoluciones socialistas de gran escala devinieron en burocracias y autoritarismos.

Las burocracias

Imponer reglas para favorecer el interés colectivo puede contrariar el interés individual y debe ser recompensado. Recompensar imponer un sistema de reglas podría llevar a una regresión al infinito, salvo que en algún momento haya un sistema de reglas que recompense imponer sus propias reglas. Hasta la actualidad, solo dos sistemas lograron esta circularidad: el reconocimiento, que consiste en obedecer las reglas (incluida la regla de imponer las reglas), y las jerarquías, que consisten en obedecer al jefe (incluida la orden de penalizar desobedientes). El reconocimiento no funciona en grupos grandes porque requiere que todos vigilen a todos, mientras que las jerarquías funcionan en grandes escalas porque permiten delegar la vigilancia.

En pequeñas escalas, hay una estructura fundamental para la acción colectiva que es horizontal, pero no tenemos una alternativa a las jerarquías capaz de funcionar en escalas grandes. Esto lleva a que los grupos pequeños puedan funcionar horizontalmente mientras que los grupos grandes no13. Hasta la actualidad, el reconocimiento y las jerarquías son las dos estructuras fundamentales que sostienen la acción colectiva. Esto afecta a la lucha política, a la vida cotidiana y a los sistemas económicos y productivos.

En la década de los 60, los sindicatos argentinos fueron desarticulados por orden de la dictadura militar. La dictadura creyó que los sindicatos aislados y pequeños serían más débiles. Sin embargo, estos sindicatos tuvieron una organización más horizontal y respondieron con mayor firmeza a la voluntad de sus bases y se volvieron más combativos. Los sindicatos más activos llegaron a tomar fábricas y ciudades, hacer barricadas y debilitar la dictadura militar hasta que fue desplazada. Con el fin de la dictadura militar, los sindicatos volvieron a unificarse en grandes centrales obreras. La lógica horizontal del reconocimiento se volvió imposible, y la acción colectiva volvió a sostenerse en grandes jerarquías.

Tras la muerte de Lenin, se amplió la participación en el partido comunista mediante una campaña denominada “promoción de Lenin”. Trotsky observó que, cuando el partido era pequeño, la discusión y los debates estratégicos entre militantes eran frecuentes e importantes. En cambio, tras la ampliación del partido, “la obediencia fue la principal virtud del bolchevique”. Cuando el partido creció, pasó de funcionar mediante lógicas horizontales a funcionar mediante lógicas verticales y jerárquicas.

En tribus, aldeas pequeñas o comunidades, los grupos suelen sostener normas de preservación ambiental sin reyes o jerarcas que lo ordenen. Por ejemplo, existen normas que solo permiten recolectar madera del suelo para no dañar los árboles, o normas que regulan el uso del agua para plantaciones de arroz, sostenidas implícitamente en normas sociales o de reconocimiento. En grandes metrópolis o naciones, el Estado, una jerarquía, suele encargarse de multar o encarcelar a quienes cometen deforestación ilegal o contaminan los ríos14.

Los asuntos morales comunitarios suelen resolverse horizontalmente. Si un colega falta a un ensayo o a un partido de fútbol, o bebe toda la cerveza sin compartir, el resto del grupo reprobará su actitud sin necesidad de árbitros. En cambio, cuando alguien supera la máxima velocidad en una ruta nacional o conduce alcoholizado, las sanciones son impuestas por la jerarquía estatal.

Las experiencias socialistas de escalas pequeñas y medianas, como la Comuna de París en 1871, las colectivizaciones en Cataluña durante la Guerra Civil Española o los cordones industriales de Chile durante el gobierno de Salvador Allende funcionaron con altos grados de democracia y horizontalidad, mientras que las experiencias socialistas de escalas nacionales o internacionales tendieron al autoritarismo y la verticalidad: la Unión Soviética y los Estados del bloque oriental (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Alemania Oriental, etc.), así como Cuba, China, Vietnam, Laos, Corea, etc.

En el mundo de las cooperativas sucede algo similar. Existen fábricas recuperadas, cooperativas de desarrollo de software, cooperativas culturales y cooperativas de todo tipo con decenas de participantes que son democráticas y horizontales. Sin embargo, las cooperativas de varios miles de participantes, como Mondragón en el País Vasco, las grandes cooperativas crediticias o las cooperativas agrarias de alcance internacional tienden a reproducir algunos mecanismos de las empresas convencionales. Tienen direcciones profesionalizadas, asambleas con poco poder de decisión y miles de empleados que no son socios incorporados a través de filiales. Aunque conservan la forma jurídica de las cooperativas, la horizontalidad y la democracia se reemplazan por verticalidad en las grandes escalas.

Hasta ahora, vimos que el problema lógico de la regresión al infinito aparece siempre que un grupo quiera imponer reglas y solo se resuelve con sistemas circulares, es decir, capaces de sostenerse a sí mismos. Describí dos sistemas de este tipo: el reconocimiento, horizontal pero de alcance local, y las jerarquías, escalables pero verticales. En el próximo capítulo, veremos sistemas que no cumplen la circularidad. Veremos, por ejemplo, que aunque el sistema de soviets o la rotación de cargos entre dirigentes mejorarían el bienestar colectivo, a algunos individuos les convendría romper las reglas para provecho personal, y el interés individual del resto sería no penalizarlos. Cuando se intentó resolver los problemas de cooperación colectiva mediante sistemas subsidiarios, lo que sucedió en la práctica fue que los sistemas mutaron cada vez que a alguien le convenía hacer las cosas en forma distinta, hasta que el sistema dejó de mutar porque a nadie le convenía seguir cambiando su actitud. Así, los sistemas subsidiarios evolucionaron hasta transformarse en sistemas estables, o fundamentales, capaces de preservarse y sostenerse a sí mismos en grandes escalas. Dicho de otra manera, evolucionaron hasta transformarse en jerarquías.

Antes de continuar, quiero mostrar que, al menos teóricamente, existen sistemas fundamentales alternativos a las jerarquías que podrían funcionar en gran escala de manera horizontal. Esto muestra que el proyecto de construir un socialismo sin burocracias es viable, siempre que atendamos a los problemas de cooperación presentados anteriormente.

Horizontalidad escalable

Necesitamos un sistema distinto a las jerarquías, que pueda funcionar en grupos grandes y que a todos los participantes les convenga cumplir y hacer cumplir. Si lo construimos, tendremos la capacidad de organizarnos en grandes escalas sin necesidad de subordinarnos a burocracias. Si no lo encontramos, las jerarquías y las burocracias seguirán siendo la única opción, y las revoluciones del futuro seguirán condenadas a repetir los errores del pasado.

En principio, puede haber varias formas de resolver este problema. Yo voy a mencionar una, pero lo importante de este ensayo no es defender una solución particular. La solución que yo proponga podría acarrear otros problemas, y sería bueno contar con soluciones mejores. Sin embargo, creo importante mostrar, con un ejemplo, que el problema central detrás de la burocratización es resoluble.

El resto del ensayo no requiere tener en cuenta la siguiente solución particular. Se apoya en los razonamientos anteriores de este capítulo para mostrar por qué las revoluciones se burocratizaron y por qué algunas soluciones que propuso la tradición socialista no funcionaron para evitarlo.

La solución viable que quiero señalar aprovecha la tecnología actual para implementar el reconocimiento en gran escala. Imaginemos, por simplicidad, a las sanciones y premios en términos de dinero15. Si esto es así, los grupos podrían votar democráticamente sus reglas. Un modo de hacerlo es que todos reporten de cuánto les gustaría que fuera el premio (o sanción) para cada acción. El resultado de la votación sería el valor mediano de las decisiones16. Para el valor mediano, la mitad querría premiar (o sancionar) más y la otra mitad querría premiar (o sancionar) menos17, por lo que podemos pensar el resultado como la máxima sanción (o penalización) que la mayoría de la población está dispuesta a sostener. Con este sistema, los grupos podían votar multas para las acciones que quisieran disuadir y donaciones para las acciones que quisieran promover.

Además de las reglas votadas, el reconocimiento incluiría también la regla de premiar o sancionar a otros participantes según si estos premian o sancionan adecuadamente, lo cual requeriría que todos se vigilen con todos. Sin embargo, esto no sería necesario si los pagos y cobros sucedieran automáticamente. Supongamos, por ejemplo, que el grupo votó cobrar 30 rublos a quien labre su parcela privada antes de contribuir al koljós, y pagar 20 rublos a quien contribuya a la siembra colectiva. Si cada participante tiene las monedas en su bolsillo, cualquiera puede negarse a hacer el pago correspondiente. En cambio, si las monedas son digitales, la plataforma podría gatillar el pago automáticamente cuando se valide que alguien labró su parcela privada sin contribuir al koljós, o cuando se valide que algún camarada contribuyó a la siembra colectiva. Todavía restaría ver qué significa que el sistema “valide que alguien labró su parcela”, pero lo importante es que, si eso estuviera resuelto, los pagos automáticos ya no requieren vigilar que todos paguen. La regresión al infinito nacía de que convenía no pagar, y no encargarse de las cobranzas, y no obligar a todos a contribuir a las cobranzas, y toda la cadena sucesiva de acciones. Estos problemas se disuelven cuando desaparece la opción de no pagar porque el pago ocurre automáticamente.

La validación de acciones también puede resolverse democráticamente, pero trae el desafío de garantizar que todos los testigos digan la verdad. Este desafío no es trivial. Si los testigos se conocen entre sí y pueden organizarse para mentir juntos, podrían corroborar falsamente que Braulio contribuyó a la siembra para que él cobre los 20 rublos y los reparta entre sus cómplices. La probabilidad de que los testigos coordinen entre sí puede reducirse eligiendo grupos anónimos de validadores al azar, que sean distintos para cada acción a validar. Una forma de incentivar que los validadores sean honestos, una vez mitigada la posibilidad de que coordinen entre sí, es premiar a quienes voten con la mayoría. Si yo sé que Aníbal labró su parcela privada en lugar del campo colectivo, y no puedo coordinar un voto con los demás, mi mejor opción para obtener la recompensa es decir la verdad y asumir que otros harán lo mismo que yo18. Además, podrían implementarse instancias de apelación para corregir errores previos, en las que participen más validadores, capaces de revocar las decisiones originales y otorgar premios y sanciones a los validadores originales según si la nueva decisión valida la decisión original, para disuadir todavía más los votos deshonestos.

En el ejemplo del koljós que mencionamos más arriba, los vecinos de Aníbal preferían perdonarlo, a cambio de remolachas, cuando este trabajaba su parcela privada. En el nuevo escenario, todo el grupo premia a los validadores automáticamente en el momento de suceder la validación. Como toda la sociedad participa del premio a los validadores, y no solo una porción pequeña, no alcanzan unas pocas remolachas para sobornar a los vecinos, porque la recompensa por validar bien es mayor. La sociedad completa tiene más poder para recompensar la honestidad que el poder que tiene Aníbal para recompensar la mentira. Aun cuando solo grupos pequeños participen de la vigilancia y la validación, todo el grupo participa de los premios y las penalizaciones.

En el sistema resultante, todos los participantes tienen el incentivo de participar e imponer el propio sistema. Por ejemplo, conviene ser honesto a la hora de votar las reglas, porque la comunidad aplicará las reglas más votadas. Conviene validar honestamente, porque eso maximizaría las recompensas de los validadores. Conviene seguir las reglas del sistema para maximizar los premios recibidos y minimizar las sanciones. El acto de premiar o sancionar no entra en los requisitos para los participantes, porque sucede automáticamente. La estructura básica anterior permite sostener reglas para ajustar detalles necesarios (por ejemplo, penalizar a los validadores que rompan el anonimato o recompensar a quienes caracterizan acciones para que el resto del grupo vote premios o sanciones correspondientes, etc.)19.

El sistema anterior no es una solución perfecta y podría mejorarse, pero cumple tres propiedades:

  1. Asegura que a todos los participantes les convenga seguir sosteniendo el sistema, al igual que las jerarquías y el reconocimiento.
  2. Es horizontal, a diferencia de las jerarquías.
  3. Puede funcionar en grandes escalas, a diferencia del reconocimiento.

Que el sistema sea viable no significa que sea fácil de construir. El supuesto clave para que convenga usar un sistema fundamental es que otras personas lo usen. Por ejemplo, si nuestra comunidad sostiene el reconocimiento, también conviene seguirlo, y si el resto obedece a un jerarca, también conviene obedecerlo. Sin embargo, cuando nadie sigue un sistema de normas o nadie obedece a un jerarca, ser el primero en participar de tales sistemas no conviene. En este caso sucede lo mismo, porque participar de una estructura alternativa que todavía no usa nadie más es desventajoso para los fundadores. El desafío para cualquier nuevo sistema fundamental será reducir el sacrificio de los fundadores todo lo posible. Sin embargo, al menos al principio, construir un nuevo sistema será inevitablemente costoso.

De todas maneras, el nivel de sacrificio requerido es menor al requerido por otras estrategias. Una cosa es que pocos fundadores den inicio a un sistema alternativo hasta que participar sea conveniente. En el camino, unas pocas personas trabajarían contra sus intereses individuales durante un tiempo limitado, hasta que por fin el sistema incentive seguir sus propias reglas a todo el grupo y en el largo plazo. Otra cosa es esperar que toda la población, en el largo plazo, priorice los intereses colectivos por sobre sus intereses individuales. Estadísticamente, es factible que un grupo pequeño se aleje de sus intereses individuales por un corto plazo, pero esperar que todos lo hagan por tiempo indeterminado es poco realista.

Que exista una solución viable muestra que el problema es resoluble. Necesitamos estructuras fundamentales para la acción colectiva de gran escala distintas a las jerarquías.

Lo que resta del ensayo se apoya en las construcciones teóricas de este capítulo. En el capítulo 3, veremos cómo algunos sistemas o reglas propuestos por la tradición socialista fueron insuficientes para reemplazar a las jerarquías, porque no eran estructuras capaces de sostenerse a sí mismas. En el capítulo 4, veremos que las jerarquías permiten la extracción de excedentes, y que siempre que existan las burocracias existirá la explotación. En el capítulo 5, argumentaré que contar con una estructura fundamental para la acción colectiva que sea al mismo tiempo escalable y horizontal facilitaría y potenciaría los esfuerzos revolucionarios.

3. Medidas subsidiarias

La formación de burocracias fue un problema recurrente en la historia del socialismo. Gran parte de la militancia, y particularmente la tradición iniciada por León Trotsky, luchó y sigue luchando por la democracia obrera, contra las tendencias burocráticas o autoritarias en los Estados socialistas.

Algunas propuestas para evitar la burocratización fueron dar poder al sistema de soviets, rotar frecuentemente los cargos de los representantes para evitar que concentren demasiado poder, permitir que el pueblo esté armado para evitar que las burocracias controlen el monopolio de la violencia y fortalecer la estructura partidaria como instancia de la democracia obrera. Además, como lo mencioné en la introducción, se consideró que mejorar la productividad podía mitigar la inclinación a seguir los intereses individuales en lugar de los intereses colectivos.

En la práctica, ninguno de los esfuerzos anteriores prosperó en grandes escalas. Es posible que algunos de los esfuerzos anteriores no se hayan ensayado con suficiente iniciativa. Sin embargo, hay razones por las cuales las personas no tuvieron iniciativa suficiente para afianzar tales medidas: para algunos participantes, el interés individual era dejar de sostener las medidas y contribuir a su debilitamiento. A través de este capítulo, veremos de qué manera cada una de las medidas anteriores fue insuficiente para garantizar la horizontalidad de grupos grandes y por qué, a pesar de los mejores esfuerzos, convergieron hacia jerarquías.

En el capítulo anterior, observamos que las jerarquías son un sistema capaz de sostenerse en el tiempo porque el interés individual de todos los participantes es sostener a las jerarquías. Observamos que esta circularidad es fundamental para sostener la acción colectiva. Mostramos, además, que el reconocimiento también es circular pero solo funciona en escalas pequeñas, y que existiría al menos un tercer sistema, teóricamente circular pero aún no puesto en práctica, que podría sostener la acción colectiva de manera horizontal en grandes escalas. En este capítulo, veremos que las propuestas tradicionales son insuficientes precisamente porque no cumplen la consigna de “sostenerse a sí mismas”. Por eso, en la práctica, siempre necesitaron sostenerse en alguna estructura que sí fuera circular, que en la gran escala siempre fue una jerarquía.

Que las propuestas históricas no hayan sido suficientes para desplazar a las jerarquías no quita que sean útiles o positivas. Las asambleas y la rotación de cargos contribuyen a la democracia cuando son implementadas exitosamente. Lo que quiero decir es que, aun habiendo señalado a la democracia asamblearia y a la rotación de cargos como medidas importantes, es necesario implementar un sistema horizontal y capaz de sostenerse a sí mismo en grandes escalas para evitar la burocratización.

Sistema de soviets

Los soviets fueron el sistema de democracia obrera más célebre para la tradición socialista. Uno de los lemas propuestos por Lenin durante la Revolución Rusa era dar “todo el poder a los soviets”. El concepto detrás de los soviets era que todos los trabajadores participaran activamente en la toma de decisiones mediante asambleas.

Naturalmente, es imposible sostener una asamblea de millones de participantes. El sistema de soviets es una forma de sortear ese obstáculo. En primer lugar, se divide a toda la población en asambleas fabriles o barriales. Cada barrio, fábrica o aldea toma decisiones mediante democracia directa, en asamblea, y decide cómo organizarse a sí misma, pero no lo hace de manera aislada. Observemos que, por ejemplo, una fábrica que produce piezas de acero podría proveer tornillos a toda la región en caso de hacer falta, pero sus trabajadores necesitan camisetas, zapatillas, pan y medicina que se producen en otros barrios o aldeas. Entonces, cuando cada pequeña asamblea determina qué producir, no solo debe tener en cuenta sus propias necesidades y capacidades, sino también las necesidades y capacidades de las otras asambleas dispuestas a cooperar con ella. De esta manera, la cooperación entre distintos barrios y asambleas permitiría que todos ellos alcancen mejores condiciones de vida.

El modo más democrático de organizar la comunicación y coordinación entre asambleas es mediante otra asamblea. Para esto, cada asamblea fabril, barrial o de aldea elige un representante, también llamado “delegado”, que participará en una asamblea de nivel mayor. Así, los delegados de varios barrios participarían en una asamblea municipal. El mismo proceso puede repetirse, de modo que varios delegados de asambleas municipales participen en una asamblea zonal y varios delegados de asambleas zonales participen en una asamblea nacional. La asamblea de mayor alcance suele llamarse “comité central”. Cada delegado se compromete a representar, de manera fiel, la voluntad de la asamblea que lo eligió. Si deja de hacerlo, la asamblea se reserva el derecho de revocar su cargo de representante.

Las asambleas de mayor nivel, especialmente el comité central, organizan las asambleas de base. A través de los delegados, la asamblea central puede dar instrucciones o recomendaciones de qué hacer y producir a cada asamblea fabril o barrial. Si todos siguieran las reglas del sistema, sería un modo democrático de organizar la economía20. Sin embargo, no es suficiente que el interés colectivo sea respetar el sistema soviético, del mismo modo que no es suficiente que el interés colectivo sea participar de la huelga o trabajar en el koljós. Para que un sistema funcione, además, hacen falta medidas que hagan coincidir el interés individual y el interés colectivo.

En algunos casos, hay medidas que hacen coincidir los intereses individuales y los colectivos. Por ejemplo, dentro de una misma fábrica o aldea, el reconocimiento puede imponer que todos respeten las decisiones asamblearias (si todos imponen la decisión de la asamblea, incluida la decisión de imponer las decisiones, a todos les conviene respetar y hacer respetar las reglas). Esto es posible en aldeas y fábricas porque son grupos pequeños donde todos pueden verse con todos.

Además de que los participantes de cada aldea o fábrica respeten las decisiones de su asamblea, es importante que respeten las instrucciones o recomendaciones de las asambleas municipales. Si no, cada aldea podría trabajar exclusivamente en atender a sus propias necesidades mientras espera que otras aldeas le provean tornillos, zapatos o medicinas sin contribuir ella misma al bienestar colectivo. Para resolver esta posible contradicción, la asamblea municipal podría decidir reservar la provisión de zapatos o tornillos exclusivamente para las aldeas que contribuyan al bienestar colectivo. Con esta nueva regla, ninguna aldea podría aprovecharse de las demás y recibir los beneficios del trabajo ajeno sin contribuir.

Lo anterior requiere que la asamblea municipal pueda y quiera establecer sanciones a quienes no contribuyan al bienestar colectivo. La asamblea municipal puede lograrlo, pero esto implica una vulnerabilidad para el sistema de soviets: una vez que una asamblea de nivel superior logra hacer recomendaciones productivas a las asambleas que representa, puede apalancarse en ese pequeño poder para que el interés de las otras asambleas sea otorgarle más poder.

Supongamos que la ciudad de Aníbal ignoró una petición de la asamblea zonal que solicitaba tornillos para construir un puente. En lugar de producir tornillos, la ciudad trabajó exclusivamente en decorar sus parques. Si las otras ciudades escuchan las recomendaciones de la asamblea zonal, esta podrá solicitar que todos envíen menos camisas, auriculares y pelotas de fútbol a la ciudad de Aníbal, para sancionar la conducta individualista. La amenaza de ser sancionados llevaría a que lo conveniente para los conciudadanos de Aníbal sea acatar las peticiones de la asamblea zonal para evitar sufrir nuevas sanciones.

La ciudad de Braulio, en cambio, es la principal productora de camisas en la zona. Cuando la asamblea zonal recomienda sancionar a la ciudad de Aníbal, la ciudad de Braulio acata la orden de inmediato. A fin de incentivar tal prontitud en las respuestas, la asamblea zonal decide recomendar a las demás ciudades enviar un cargamento de abrigos a la ciudad de Braulio. Como ven que seguir las recomendaciones de la asamblea zonal es provechoso, los demás no tardan en responder. El poder de la asamblea central se retroalimenta: cuanto más obedecen las demás ciudades, mayores son las sanciones por desobedecerla (y las recompensas por obedecerla). Obedecer, entonces, se vuelve cada vez más conveniente. Incluso si el interés nacional fuera descentralizar el poder, una vez que las asambleas escuchan las recomendaciones de la asamblea central, el interés de cada barrio o fábrica es escuchar las instrucciones con atención cada vez mayor y obedecer las órdenes cada vez más, para recibir beneficios y evitar represalias cada vez mayores.

Naturalmente, el interés individual del comité central es sancionar a las asambleas que lo desobedezcan, para así preservar su poder. Más aún, el interés del comité central no necesariamente es respetar la voluntad de las asambleas subordinadas. Por ejemplo, si las asambleas de base quieren construir caminos y puentes para comunicarse, pero existe la opción de desplegar un sistema de vigilancia para identificar opositores a la asamblea central, es probable que el interés de la asamblea central sea ordenar construir el sistema de vigilancia en lugar de los puentes. Así, el interés del comité central podría ser faltar a su compromiso de fidelidad para con las decisiones mayoritarias21.

Aunque el sistema de soviets funcione bien cuando todos cumplen las reglas a rajatabla, el interés individual del comité central es aprovechar la obediencia para premiar la obediencia y así obtener más poder, y el interés individual de cada asamblea es responder a las instrucciones del comité central para evitar sanciones y recibir recompensas, lo cual otorga más poder al comité central. En otras palabras, el interés de algunos participantes es faltar a imponer las reglas del sistema de soviets, lo que implica que los soviets no cumplen la propiedad de circularidad. Por eso, el sistema evoluciona hasta transformarse en una jerarquía, que sí cumple la circularidad: a todos los participantes les conviene obedecer las instrucciones del jerarca (o comité central en este caso), y al jerarca le conviene dar órdenes que alimenten su poder.

En pequeñas escalas, las asambleas y soviets pueden funcionar. Esto es porque en escalas pequeñas los grupos pueden sostener las reglas de los soviets en el reconocimiento, que sí constituye un sistema circular. Sin embargo, el reconocimiento solo funciona en escalas pequeñas. Entonces, por ejemplo, el soviet de Petrogrado de 1917 fue una experiencia relativamente democrática, mientras que los soviets de alcance nacional devinieron rápidamente en jerarquías y burocracias.

Rotación y revocabilidad de cargos

Para evitar que el comité central concentre demasiado poder, Lenin propuso que los cargos de los representantes se rotaran con frecuencia. Tras la muerte de Lenin, Trotsky abogó por la misma propuesta. La idea es que, si los cargos rotan con frecuencia, el ciclo que permite a los jerarcas usar su poder para obtener más poder podría detenerse antes de que sea demasiado tarde y los representantes hayan acumulado demasiado poder para ser desplazados. Además de la rotación frecuente, se propuso que las asambleas y las bases pudieran revocar los cargos de los representantes que priorizan su beneficio y poder personal.

La rotación y la revocabilidad de cargos no fueron implementadas exitosamente en gran escala, pero se consideran prometedoras por las tradiciones trotskista y leninista. Creo que si se respetara la rotación y revocabilidad de cargos, el sistema soviético funcionaría mejor. Sin embargo, creo que son propuestas insuficientes porque imponer la rotación de cargos exitosamente requiere que las bases cuenten con alguna estructura fundamental para la acción colectiva.

Revocar el cargo de un jerarca implica enfrentar o desobedecer su autoridad. Es equivalente a que todos los subordinados empiecen a desobedecer al jerarca al mismo tiempo. En principio, ser el primero en desobedecer a un jerarca va contra el interés individual. Mientras los demás todavía lo obedezcan, el jerarca podrá sancionar, prevenir el ascenso o entorpecer el trabajo de cualquiera que inicie acciones en su contra. Incluso si la rotación favorece al interés colectivo, los subalternos solo podrán imponerla si establecen medidas para disuadir la obediencia al jerarca y para recompensar la desobediencia. Sin estas medidas, el interés de todos los participantes seguirá siendo respetar a los jerarcas aunque el interés colectivo sea rotar los cargos.

En jerarquías pequeñas, los subalternos pueden fundamentar su acción colectiva contra los jerarcas en códigos de reconocimiento. Gracias a esta posibilidad, la rotación de cargos funcionó exitosamente en escalas pequeñas varias veces en la historia. Por ejemplo, durante la edad de oro de la piratería, las tripulaciones podían revocar el cargo de su capitán. Aunque el capitán podía ordenar penalizar a sus detractores, la tripulación compensaba el interés de obedecer al capitán: cualquier tripulante que faltara a enfrentar al jerarca se las vería con los demás tripulantes. Todos confrontarían a cualquiera que no confronte al jerarca, pero también a cualquiera que faltara a penalizar a quien no confronte al jerarca, y así sucesivamente, con la misma lógica que vimos en el capítulo anterior.

Otro ejemplo histórico sucedió en la República de Florencia, durante el Renacimiento, cuando los gremios tomaron la ciudad y desterraron a los nobles. Los gremios florentinos no nucleaban trabajadores, sino dueños de talleres y jerarcas mercaderes, por lo que los gremios rebeldes constituían menos del 5% de la población más rica. Dado que los gremios eran relativamente pequeños, sus integrantes podían imponer la rotación frecuente de sus representantes, así como de otros cargos relevantes como la jefatura de la policía. Imponer la rotación era conveniente para todos, porque faltar a hacerlo implicaba perder estatus o posición en el interior del gremio, que podía sostener códigos de reconocimiento gracias a que era pequeño.

El caso florentino merece dos aclaraciones. La primera es que lo que permitió que un grupo pequeño pudiera imponer reglas que alcancen a toda la ciudad era que cada participante de los gremios era jerarca de un grupo grande de subordinados. La segunda es que, en cuanto uno de esos jerarcas, el banquero Cosme de Médici, acumuló suficiente poder, el reconocimiento entre gremialistas dejó de ser suficiente para enfrentar al nuevo jerarca. Cuando su jerarquía creció, el poder de Cosme para sobornar a sus colaboradores y desterrar a sus detractores se volvió tan grande que los códigos de reconocimiento ya no alcanzaron para lograr que el interés de los demás participantes fuera confrontarlo. Entonces, el interés individual de toda Florencia fue subordinarse a los Médici, aun si esto socavaba el interés colectivo de sostener una república incipiente. Como el reconocimiento no funciona en grupos grandes, no puede establecer sanciones o recompensas tan grandes como pueden hacerlo las jerarquías, por lo que tiende a perder cuando compite con jerarquías demasiado grandes.

En principio, los grupos grandes de subalternos podrían coordinar cualquier desafío al jerarca mediante otra jerarquía. Analizaremos el escenario en el que una segunda jerarquía de subalternos organizados enfrenta a la jerarquía principal que los domina en el capítulo 4, cuando veamos los problemas de las burocracias sindicales. Por ahora, observemos simplemente que esta solución seguiría dependiendo de las jerarquías en lugar de mitigar su surgimiento.

No es que la rotación de cargos no ayude. El problema es que desafiar al jerarca debe sostenerse en una estructura fundamental, que en escalas pequeñas puede ser el reconocimiento, pero en grandes escalas siempre fueron las jerarquías. Entonces, aunque la rotación de cargos sería positiva en caso de implementarse, no ofrece una alternativa a las jerarquías para fundamentar la acción colectiva. En cambio, si implementáramos un sistema fundamental alternativo para garantizar la acción colectiva de manera horizontal, entonces podríamos sostener medidas como la rotación y la revocabilidad de cargos cuando haga falta.

Una pregunta pertinente es por qué el comité central querría acumular poder o rehusarse a la rotación de cargos. Uno querría esperar que, si los integrantes habían sido elegidos por las asambleas debido a su impronta y trayectoria, habrían elegido personas que tienden a respetar la voluntad mayoritaria. Si esto fuera así, sería sorprendente que, de pronto, los participantes del comité central adopten una actitud mezquina en lugar de seguir respetando la voluntad mayoritaria. Volveré sobre esta pregunta más abajo, cuando considere la hipótesis de que la mezquindad desaparecería cuando aumente la productividad y el bienestar material de los trabajadores.

Armas para el pueblo

Otra observación frecuente fue que, si las burocracias preservan el monopolio de la violencia, conservarán el poder sobre la mayoría. En cambio, si las bases estuvieran armadas, podrían enfrentar al poder de cualquier con ínfulas tiránicas. Dado que siempre hay muchos más subordinados que burócratas, un enfrentamiento armado entre burócratas y subordinados siempre implicaría la derrota de los burócratas.

La propuesta de armar al pueblo para garantizar la democracia no fue excepcional a las revoluciones socialistas. La revolución independentista de los Estados Unidos, por ejemplo, también incluyó el derecho a poseer armas en su costitución para evitar las tiranías.

Aunque es cierto que, numéricamente, si todos los subordinados enfrentaran al jerarca al mismo tiempo podrían ganar, el problema es cómo fomentar que todos lo hagan. Existieron tiranías sobre pueblos desde la antigüedad. Esparta, por ejemplo, dominaba a los ilotas, una población armada y ampliamente más numerosa, porque los espartanos asesinaban a los ilotas más prominentes que pudieran desafiar su poder. Entonces, incluso si los ilotas habrían ganado en un enfrentamiento, a nadie le convenía ser el primero en iniciarlo, y el poder espartano se sostenía en el tiempo.

Supongamos que una isla tiene un rey desarmado y miles de habitantes armados. En esa isla, una vez que los habitantes obedecen al rey, a nadie le convendría desobedecerlo. Basta que el rey ordene asesinar a cualquier detractor para que el interés individual de la población sea seguir sosteniendo los intereses del rey. La obediencia genera obediencia. Que la sanción por desobedecer al jerarca sea la muerte por parte de subordinados armados, en lugar de la amenaza de recibir menos camisas, ascensos o pelotas de fútbol afecta al contenido, pero no a la forma de la estructura de poder. Una jerarquía con subordinados armados es un grupo armado que obedecerá al jerarca y que usará sus armas para continuar imponiendo la obediencia. Paradójicamente, armar a los subordinados da más poder al jerarca, no menos.

Armar una jerarquía desarmada puede dar mayor poder a esa jerarquía contra otra jerarquía. Por ejemplo, que la jerarquía del ejército rojo estuviera armada permitió enfrentar a la jerarquía del ejército blanco. Sin embargo, esto no implica que las armas ayuden a disolver las jerarquías. En el interior de cada jerarquía, las armas fortalecen al jerarca.

El partido

Otro método para enfrentar burocracias frecuentemente citado en la práctica es la construcción partidaria. Desde esta óptica, la organización partidaria fortalecería a todos sus participantes gracias a la capacidad de proyección política. El partido permitiría enfrentar burocracias sindicales y, llegado el caso, burocracias estatales. El problema con esta propuesta es que no siempre aclara cómo se organiza internamente el partido.

En principio, la organización interna podría ser democrática y asamblearia. Sin embargo, al analizar la estructura de soviets, observamos que las estructuras de democracia asamblearia tienden a degenerar en jerarquías cuando se intenta aplicarlas en grandes escalas. Trotsky mismo observó que el partido comunista ruso solía ser horizontal cuando la participación era menor, pero al volverse masivo se burocratizó y priorizó la obediencia a los dirigentes.

El problema es que, una vez que el partido comunista se burocratiza, el interés individual de cada integrante es favorecer la voluntad de sus jerarcas. Durante el estalinismo, miembros del partido comunista que habían sido camaradas de Trotsky declararon contra él para evitar represalias de la burocracia estalinista. Algunos, incluso, habían hecho declaraciones públicas en favor de Trotsky previamente o denunciado crímenes de la burocracia estalinista, pero se retractaron de esos dichos tras sufrir amenazas contra sus vidas o las de sus seres queridos. La obediencia genera obediencia, fuera o dentro del partido.

El partido, entonces, no ofrece necesariamente una estructura fundamental para la acción colectiva capaz de funcionar como alternativa a las jerarquías. Para que un partido sirva como solución a las burocracias, debe organizarse mediante un sistema de reglas distinto a las jerarquías, tal que a todos sus integrantes les convenga seguir e imponer las reglas en grandes escalas. Mientras el único sistema que pueda lograr eso en gran escala sean las jerarquías, los partidos se burocratizarán cada vez que escalen. Si logramos construir un sistema alternativo, los partidos de cualquier tamaño podrán conservar su horizontalidad y democracia.

La estructura partidaria, la rotación y revocabilidad de cargos y la democracia soviética dependen, para funcionar, de alguna estructura para la acción colectiva capaz de sostenerse a sí misma en gran escala. Son sistemas subsidiarios y no fundamentales. Como no son circulares, a alguna gente le conviene romper las reglas de estos sistemas. Así, cada sistema mutó hasta que a nadie más le convino romper las reglas, es decir, hasta converger a un sistema circular: las jerarquías.

Mejorar la productividad

En pleno estalinismo, Trotsky veía a los campesinos rusos sacrificar sus vacas para asegurar su consumo de carne en lugar de donarlas al koljós. Notaba que los campesinos preferían trabajar en sus parcelas privadas antes que en las granjas comunes y que los trabajadores fabriles supeditaban su productividad al trabajo a destajo. Reconocía estos problemas de la revolución y era consciente de que algunas sanciones e incentivos implementados por la burocracia estalinista servían para mitigarlos.

Trotsky reconocía un patrón en los tres casos: para los campesinos y trabajadores involucrados, priorizar el interés individual por sobre el colectivo implicaba poner en riesgo su propia integridad física. Cuando uno está cerca de la miseria, donar una vaca al koljós sin garantía de percibir frutos en el corto plazo es arriesgarse a morir de hambre22. Es esperable, entonces, que muchos prefieran sacrificar la vaca para asegurarse la comida. A raíz de estas observaciones, Trotsky adelantó la hipótesis de que, alejado el riesgo de la miseria, la presión por priorizar el interés individual disminuiría y la contradicción entre intereses individuales y colectivos dejaría de traer tantos problemas.

Trotsky falleció en los años 40. Hacia la década de los 50, los ingresos crecieron a nivel global, gracias a la liberación de tecnologías productivas ociosas tras la posguerra y al auge de los llamados “Estados de bienestar”. La Unión Soviética también disfrutó de un aumento productivo tras la guerra. Estas mejoras no implicaron la priorización de los intereses colectivos por sobre los individuales a escala global.

A fines del siglo XX, un académico cubano crítico del gobierno de Fidel Castro podía perder su cátedra y oportunidades editoriales. Incluso si su integridad física no se viera amenazada ni corriera el riesgo de miseria, estas represalias generarían una inclinación por la obediencia. Un conductor argentino puede superar la máxima velocidad y sobrepasar a otros vehículos en zigzag para llegar antes a su destino. Incluso si llegar temprano no es cuestión de vida o muerte, los conductores priorizan el interés individual con frecuencia. Aun cuando las personas no limitan con la miseria, priorizar el interés individual por sobre el colectivo es una actitud frecuente siempre que no haya un sistema que lo compense.

Durante el Renacimiento, algunos mercaderes o dueños de talleres buscaban dominar su propia ciudad, tal como lo hicieron los Médici en Florencia. Para ellos, conquistar el poder era una necesidad más que un lujo. Esto es porque, existiendo la posibilidad de conquistar el poder, no hacerlo libera la posibilidad de que familias competidoras o enemigas lo hagan. Permitir eso es arriesgarse a la confiscación de bienes o al destierro. Entonces, el modo más seguro de cuidar la integridad y el bienestar personal era maximizar el propio poder.

La observación anterior permite responder por qué un comité central formado por militantes comprometidos podría tomar medidas para violar la rotación de cargos y evitar delegar su poder. Dado que los jerarcas pueden sancionar a quienes desafíen su poder, delegar el cargo a otros jerarcas implica delegar el cargo a otras personas que tendrán la capacidad, si así lo quieren, de transformarse en burócratas. Incluso si uno no tiene la ambición de ser un burócrata, delegar el cargo podría poner en riesgo no solo al proyecto revolucionario sino también a su propia integridad física. El riesgo para el proyecto revolucionario es que el poder llegue a manos de jerarcas ineptos o tiránicos, e incluso traidores al interés revolucionario. El riesgo personal es que, incluso si uno no confronta a tiranos futuros, el mero hecho de haber sido un líder respetado, honesto y respetuoso de la democracia significa una amenaza para los tiranos. Entonces, incluso si uno no es ambicioso, conservar el propio poder reduce el riesgo de que el poder caiga en las manos equivocadas.

Los problemas anteriores no dependen del nivel de productividad en el sistema, por lo que podrían suceder en sistemas socialistas prósperos. Aunque aumentar la productividad parecía una estrategia prometedora para mitigar la contradicción entre los intereses individuales y los colectivos, y consecuentemente la tendencia a la burocratización, las observaciones anteriores indican que no es suficiente. Seguimos necesitando un sistema alternativo a las jerarquías que pueda sostenerse a sí mismo en grandes escalas.

Mientras no lo hagamos, las jerarquías seguirán permitiendo la explotación.

4. Las jerarquías

La ciencia de la cooperación muestra que las jerarquías son más fundamentales de lo que históricamente se consideró. Esto quiere decir que algunos problemas o fenómenos atribuidos a otros factores se originan o fundamentan en las jerarquías. Por ejemplo, veremos que las jerarquías son suficientes para que una clase dominante extraiga plusvalor de una clase dominada, incluso si la clase dominante no tiene posesiones materiales23. Veremos, además, que la propiedad privada en gran escala siempre se garantizó mediante jerarquías. Estas dos observaciones, que la propiedad se apoya en las jerarquías y que las jerarquías permiten la plusvalía, sugieren que las jerarquías desempeñan un papel fundamental en la explotación.

Las jerarquías traen problemas, pero también resuelven problemas. De hecho, fueron, hasta la fecha, la única solución usada a gran escala para mitigar el problema más básico en cualquier sociedad: la contradicción entre intereses individuales y colectivos. En los capítulos anteriores, vimos que las jerarquías se sostienen a sí mismas porque a todos sus participantes les conviene contribuir a sostenerlas24. Hasta el presente, fueron la única estructura capaz de sostener reglas a gran escala, y han sido un sistema fundamental para la organización social.

Evitar los problemas de las jerarquías requiere construir una solución al problema que las jerarquías resuelven. Este capítulo presenta problemas asociados a las jerarquías, que seguirán siendo inevitables hasta tanto no construyamos otro sistema capaz de sostenerse a sí mismo en grandes escalas.

Un monarca en el paraíso

Imaginemos un mundo paradisíaco. En este mundo mágico, no hacen falta herramientas, máquinas o materia prima para producir. Se pueden conjurar las cosas a partir del aire. Si uno quiere una silla, una locomotora, una zapatilla o una consola de videojuegos, puede simplemente hacer un conjuro y el objeto aparece. Este paraíso, sin embargo, tiene algunas características. La primera es que no basta pensar en una locomotora para que aparezca, porque conjurarla requiere tiempo y esfuerzo. Por ejemplo, yo podría conjurar una silla en una hora haciendo mucho esfuerzo, en dos horas con esfuerzo moderado y en cinco horas con tranquilidad. En otras palabras, el único insumo para producir en este mundo es el trabajo.

La segunda característica es que es mejor hacer conjuros en equipo. Por ejemplo, yo podría intentar conjurar una silla por mi cuenta, y el conjuro me tomaría unas dos horas de esfuerzo moderado. En cambio, si cinco personas hacemos el conjuro con el mismo nivel de energía, aparecerían diez sillas, el doble que si hubiéramos hecho el conjuro por separado. Esto escala aún más si el esfuerzo total del grupo es mayor. Por ejemplo, si hacemos un esfuerzo equivalente a 100 personas haciendo el conjuro, aparecen 1000 sillas, diez veces lo que habríamos hecho por separado, y si hacemos un esfuerzo equivalente a 1000 aparecerían 100.000 sillas, cien veces más que por separado.

Uno puede imaginar que en este mundo las personas se juntarían para producir, porque eso conviene a todos los participantes. Podría surgir la pregunta de cómo repartir las sillas, las zapatillas o las locomotoras una vez que aparecen. La opción más básica es repartirlas equitativamente entre todos, sin importar cuánto haya trabajado cada uno. El problema es que esta opción haría que el interés individual sea trabajar lo menos posible y esperar que otros aporten25. Otra opción es dar más sillas a los que trabajaron más y menos sillas a los que trabajaron menos, para incentivar el trabajo de manera que todos se beneficien del trabajo colectivo. Una variación de la segunda opción es repartir las sillas proporcionalmente pero considerar también las capacidades de las personas. Por ejemplo, si la persona que trabaja menos es un niño, un anciano o un convaleciente, no se la debería penalizar por trabajar poco. Esta variación permitiría mayor equidad sin incentivar que los trabajadores hábiles dejen de trabajar.

Sea cual sea la regla que el grupo elija, hay que garantizar su cumplimiento. En el extremo anárquico, las sillas aparecerían en una montaña y cada trabajador correría para tomar tantas sillas como pueda. Eso sería contraproducente para el grupo, porque dejaría de tener sentido trabajar. En cambio, sería mejor esforzarse en acaparar sillas violentamente una vez que los demás trabajen para producirlas. Para contrarrestar el interés individual de arrebatar sillas, hay que penalizar a quienes se extralimiten. Esto lleva a otra contradicción, como las que habíamos visto en el capítulo 2: detener a quien toma sillas que no le corresponden beneficia al grupo entero pero cuesta tiempo y esfuerzo. Si cuando todos corren a acaparar sillas, Braulio se detiene a frenar a Aníbal para que no lo haga, el resultado más probable es que tanto Braulio como Aníbal se queden sin sillas.

Resolver esta segunda contradicción, y contradicciones sucesivas, requiere una estructura fundamental, es decir, un sistema de reglas que a todo el mundo le convenga cumplir y hacer cumplir. En pequeñas escalas, puede ser el reconocimiento: todos confrontan a quien tome sillas que no le corresponden y también a quien no colabore con la imposición de las reglas. Sin embargo, esa configuración colapsa en grupos grandes porque requiere que todos se vigilen con todos.

Otra forma de garantizar el reparto en grupos mayores es con una autoridad. Alguien podría encargarse de repartir las sillas y de solicitar a los demás penalizar a quienes no respeten el reparto. Una vez que la autoridad reparte y es obedecida, el interés individual de los demás es obedecer, porque desobedecer implicaría recibir menos sillas o ser penalizado por el resto. Existen otras formas de sostener reglas en gran escala, como la que vimos al final del capítulo 2. El problema es que, una vez que el grupo resuelve el problema mediante una jerarquía, el jerarca podrá usar el poder adquirido para preservar y acrecentar su propio poder, mediante premios a sus colaboradores y castigos a sus detractores.

Una vez que el grupo obedece a una autoridad que reparte las sillas, esta adquiere la capacidad de quedarse con una parte de la producción del grupo. Supongamos que, por ejemplo, un grupo de 1000 personas invoca 100.000 sillas, de las que correspondería repartir 100 sillas a cada participante. El jerarca, sin embargo, reparte 80 sillas a cada uno y se queda con 20.000. En ese caso, el grupo querría exigir que el jerarca pague más o revocar el cargo del jerarca. Sin embargo, el jerarca reparte las sillas y podría dar menos sillas o expulsar de la organización a quienes se quejen o intenten coordinar una alternativa. El interés individual es seguir obedeciendo al jerarca.

Para peor, conviene más aceptar las 80 sillas que ofrece el jerarca que producir apenas una silla por cuenta propia. Incluso si uno lograra organizarse con otras 100 personas para trabajar y repartir las sillas horizontalmente mediante el reconocimiento, 100 personas conjurarían 10 sillas cada una, ingreso menor que la oferta del jerarca. Como el trabajo colectivo rinde más que el trabajo individual, las personas se ven presionadas a aceptar la oferta de 80 sillas, porque es la mejor de las opciones disponibles. Así, el hecho de que las jerarquías fundamenten la cooperación grupal en gran escala permite que el jerarca se quede con una tajada.

En el ejemplo anterior, no había máquinas, insumos ni salarios involucrados. Lo único que asumimos fue que más personas trabajando juntas podían alcanzar productividades mayores26. La mera organización jerárquica permite que la autoridad obtenga poder y extraiga plusvalía del trabajo ajeno. Técnicamente, su “propiedad de los medios de producción” es ser obedecido por el grupo. Para los demás, “tomar los medios de producción” sería sinónimo de desobedecer al jerarca, y no requeriría tomar una fábrica o apropiarse de ningún objeto material. Aunque parece más etéreo y menos problemático que tomar una fábrica, organizarse por fuera de la jerarquía también es difícil. Aunque al grupo le convenga “tomar los medios de producción”, el primero en intentar organizarlo será penalizado por el jerarca.

En el mágico ejemplo anterior, los trabajadores invocaban sillas o locomotoras a partir del aire. Aunque la magia no existe en la realidad, el escenario anterior mostraba cómo la plusvalía puede nacer de la organización jerárquica del trabajo. Esto ayuda a interpretar otros casos históricos y actuales donde las máquinas, las herramientas o los insumos son accesibles para los trabajadores, pero sigue habiendo jerarcas capaces de extraer plusvalía del trabajo ajeno.

Imaginemos, por ejemplo, a los primeros grupos sedentarios y agricultores. La agricultura requería tierra y herramientas, pero podemos imaginar que ambos factores eran accesibles para los trabajadores. En la prehistoria, caminar algunos kilómetros en cualquier dirección era suficiente para encontrar tierra sin reclamar o cultivar, y podemos imaginar que las primeras herramientas, a diferencia de los telares automáticos o las locomotoras, podían replicarse en tiempos razonables por grupos pequeños de trabajadores hábiles. Aun si los trabajadores podían acceder a tierras y herramientas, existía la plusvalía, debido a que trabajar y protegerse requería cooperación, que en la gran escala se mediaba por jerarquías.

Al igual que en el ejemplo anterior, trabajar en grupo era más productivo en este escenario. Cuando algunos trabajan en el campo, otros recolectan frutas y otros tejen ropa, pueden producir pan, fruta y ropa para todos, más de lo que podían obtener trabajando por separado. Algo similar, y quizás más importante, sucedía con la protección. Así como el ejemplo anterior requería evitar que alguien se apropie de la montaña de sillas sin haber trabajado, este escenario requiere proteger la cosecha y el ganado. En la prehistoria, era frecuente que pueblos nómades saquearan pueblos sedentarios. Contrarrestar esta posibilidad requería trabajar en grupo. 10.000 ciudadanos enfrentando juntos a 500 invasores podrían ganar, pero si los 500 invasores atacan a cada casa de 10 personas por separado, saquearán la ciudad entera fácilmente.

Entonces, el interés colectivo es que todos trabajen y ayuden a proteger la ciudad, pero el interés individual es esperar que trabajen otros y, sobre todo, esperar que otros se arriesguen a enfrentar a los invasores. Esto puede contrarrestarse recompensando a los trabajadores y los soldados con más frutas, tejidos, manjares y elementos de valor. El segundo problema es que también conviene esperar que recompensen otros, algo que también debería contrarrestarse. Una opción es que la comunidad entera sostenga códigos de reconocimiento que fomenten las contribuciones, pero no funciona en grupos grandes. Otra opción es que los soldados se encarguen de obligar a recompensar a los soldados. El interés colectivo de los soldados es obligar a que los campesinos los recompensen. Que todos los soldados persigan su interés colectivo requiere cooperación entre ellos, para evitar que todos esperen que otros hagan el trabajo sucio e igual reciban los beneficios. Si son pocos, pueden cooperar mediante el reconocimiento, y si son muchos necesitarán formar una jerarquía militar.

La nueva jerarquía puede cobrar impuestos para recompensar a los soldados y obligar al grupo a trabajar. Después de que el grupo obedece a un jerarca o una casta, conviene obedecer para no ser aniquilado por orden del jerarca ni ser expulsado para ser aniquilado por saqueadores. La obediencia fortalece la obediencia. Cuando la sociedad se organiza bajo una jerarquía, se genera un escenario difícil de modificar, gracias a que el interés individual es sostenerlo incluso si el interés colectivo es confrontar al jerarca.

La jerarquía resuelve los problemas de cooperación anteriores, pero habilita a la nueva casta dominante a apropiarse del trabajo ajeno. Entre otras cosas, puede cobrar impuestos altos, usar solo una parte para la protección y apropiarse del resto; puede ordenar que les preparen banquetes y joyería o incluso ordenar que construyan pirámides para satisfacer su deseo. Para los ciudadanos, conviene acatar las órdenes.

La opción de formar una ciudad nueva, sin jerarquías, no es provechosa a nivel individual. Cualquier grupo pequeño que lleve sus herramientas a nuevas tierras será menos productivo que miles de personas trabajando juntas. Incluso si alcanzara una buena productividad, sería incapaz de protegerla de saqueos. Para los individuos, conviene aceptar las condiciones injustas de la ciudad, porque la alternativa es peor o inviable27.

Los dos ejemplos anteriores muestran que incluso cuando las máquinas y los insumos son innecesarios o accesibles para los trabajadores, los jerarcas igual pueden obtener excedentes y plusvalía del trabajo ajeno. Esto es posible porque el interés individual de los participantes del grupo es obedecer y fortalecer al jerarca, mientras que abandonar al grupo es desventajoso porque hacer las cosas en grupo es más conveniente. Los jerarcas pueden aprovechar que salir del grupo es inviable para quedarse con excedentes y que la gente siga presionada a subordinarse.

La propiedad privada

Vale la pena dar un paso atrás y pensar en qué consiste y cómo se sostiene la propiedad privada. Como primer acercamiento, podríamos entender a la propiedad privada como un sistema de reglas que define quién tiene derecho a usar qué cosas. Por ejemplo, si todos siguen la regla de que solo yo puedo usar mi automóvil, eso significaría que el automóvil es de mi propiedad. La realidad es un poco más compleja, porque las personas que poseen fábricas, locomotoras o telares no son las únicas que los usan28. En realidad, que sean propietarios de esos objetos significa que los demás respetan las reglas de uso que los propietarios proponen. Por ejemplo, el propietario del telar podría decir “únicamente Aníbal y Braulio tienen permiso para usar este telar y, en caso de hacerlo, deberán otorgarme la mayoría de las telas que produzcan”.

La propiedad es efectiva cuando las personas respetan las reglas. En otras palabras, no basta escribir “No usar este auto sin permiso de Aníbal” para que este sea de su propiedad. Si Braulio puede usar el coche cuando le plazca sin permiso ni represalias, entonces no le conviene respetar la regla. En ese caso, aunque la regla lo afirme, el auto no sería realmente de Aníbal. Para garantizar la propiedad privada, hace falta un sistema que penalice a Braulio cuando toma el auto sin permiso.

La regla “no usar el auto sin permiso” no se sostiene a sí misma, en el sentido de que no basta que el resto la respete para que a Braulio le convenga respetarla e imponerla. Que nadie más use el auto de Aníbal sin permiso no implica que a Braulio no le convenga usarlo sin permiso. Si no hay otra regla o medida que penalice a Braulio, él no respetará la regla original. En los términos del capítulo 2, la regla de propiedad no es un sistema de reglas fundamental, sino que es subsidiaria de algún otro sistema de reglas que la sostenga.

En la práctica, un policía penaliza a Braulio cuando toma el vehículo de Aníbal. El policía no penaliza a Braulio en un sacrificio personal motivado por un deseo de justicia, sino porque hacerlo implica recibir una recompensa. Entonces, sostener la propiedad privada necesita otra regla, para recompensar al policía. Pero a cualquier defensor de la propiedad privada le convendría esperar que otros paguen el sueldo del policía, para obtener la seguridad sin haber pagado por ella. Para que la propiedad privada funcione, necesita contrarrestar el interés individual de no recompensar al policía.

Generalmente, la policía penaliza a quienes no pagan los impuestos que en última instancia recompensan a la policía. Cuando los policías actúan en grupo, el sistema se sostiene a sí mismo: conviene respetar la propiedad privada para no ser detenido por la policía, conviene ser policía para recibir un salario, conviene recompensar a la policía para no ser detenido por la policía. Si los policías son pocos, pueden actuar en grupo mediante el reconocimiento. En los grandes Estados, sostienen su acción grupal en jerarquías. La propiedad privada es un sistema subsidiario que, en grandes escalas, se sostuvo en jerarquías como sistema fundamental.

Una observación importante: el sistema que fundamenta las reglas subsidiarias siempre es más determinante que las reglas que sostiene. Por ejemplo, si dentro de la jerarquía policial, al comisario de turno le conviene liberar una zona para recibir una tajada de un robo, la propiedad privada quedará suspendida. Si alguien bien conectado en la jerarquía estatal puede recompensar a otros jerarcas por darle impunidad, la exigencia de pagar impuestos quedará suspendida para él. El alcance de las reglas queda determinado por el sistema fundamental que las sostiene y limita, por lo que es infructuoso pensar las reglas en abstracto.

Los grupos pequeños tienen el mismo efecto pero en un sentido inverso. Una comunidad podría respetar la propiedad personal para evitar conflictos. Para ello, prohibe tomar por la fuerza y sin permiso las frutas recolectadas por otro, para disuadir que los más fuertes roben a los débiles en lugar de trabajar. Esto es importante para producir, porque si las frutas recolectadas terminan en el estómago de los más fuertes, pierde sentido recolectar. La propiedad personal podría sostenerse en el reconocimiento comunitario: todos respetan el derecho del recolector sobre sus frutas recolectadas y ayudan a imponer ese derecho (lo cual incluye imponer ayudar a imponerlo). En el ejemplo anterior, la propiedad privada se dejaba de cumplir según la conveniencia del comisario. En el ejemplo actual, podría dejarse de cumplir según el interés de la comunidad. Por ejemplo, si alguien acapara muchas frutas que cosechó, en una época de sequía, y no quedan frutas recolectables para que otros coman, la comunidad podría dejar de sostener la regla momentáneamente para asegurar la alimentación del grupo.

En ambos casos, lo más importante no son las reglas sino el sistema fundamental que las sostiene. En grupos pequeños, donde el sistema fundamental es el reconocimiento, el grupo podrá moldear, flexibilizar, adaptar y romper las reglas para beneficiar a la mayoría. En grupos grandes y jerárquicos, los que mandan podrán moldear, flexibilizar, adaptar y romper las reglas para su propio beneficio. Un Estado puede tener reglas contra la deforestación ilegal, pero dejar de implementarlas cuando un empresario soborna a un intendente. Una burocracia socialista podría tener reglas de reparto equitativo, transparencia, rotación y revocabilidad de cargos, pero dejar de implementarlas cuando lo sugiere un miembro del comité central. En definitiva, las comunidades modifican sus reglas para beneficiar a las comunidades, y las jerarquías modifican sus reglas para beneficiar a los jerarcas, sin importar las reglas con las que se empezó.

Para recapitular: la propiedad privada no se sostiene a sí misma, sino que necesita sostenerse en un sistema fundamental. En la gran escala, el único sistema circular (capaz de sostenerse a sí mismo) que sostuvo a la propiedad privada fueron las jerarquías.

Ya habíamos notado que las jerarquías permiten obtener plusvalía incluso cuando los jerarcas no poseen objetos, máquinas o insumos esenciales. Ahora vimos que la propiedad es un sistema subsidiario, que hasta la actualidad nunca pudo sostenerse en gran escala sin jerarquías. Ambas observaciones dan cuenta de que las jerarquías desempeñan un papel fundamental en la explotación. La fundamentalidad de las jerarquías permite caracterizar formas actuales de explotación, como las de las empresas de servicios, algunas plataformas tecnológicas o las burocracias sindicales.

Plusvalor sin poseer

Hay empresas de servicios donde las máquinas y los insumos son propiedad de los trabajadores, y aun así tienen dueños capaces de extraer plusvalías del trabajo ajeno. Pienso, por ejemplo, en empresas que desarrollan software o en algunas agencias de publicidad. Estas empresas emplean posiciones diversas (diseñadores, programadores, contadores, abogados, etc.) cuya principal herramienta de trabajo es, muchas veces, una computadora. Cuando trabajan de manera virtual, prácticamente todas las máquinas e insumos pertenecen a los trabajadores: como trabajan desde sus casas, pagan su propia “oficina” al pagar su alquiler y también pagan la electricidad y su conexión a internet. En la mayoría de los casos, también son dueños de las computadoras que usan para trabajar.

Aunque las máquinas y los insumos son propiedad de los trabajadores, las jerarquías permiten obtener plusvalías sin importar la propiedad de máquinas e insumos. El reparto de tareas hace que el grupo entero sea más productivo que cada trabajador por separado. Una vez que el grupo tiene un jefe que manda y reparte los frutos de la producción, el jefe podrá repartir una parte del botín entre los trabajadores, en forma de salarios, y podrá quedarse con el resto en forma de plusvalía.

Cualquier trabajador podría irse de la organización y trabajar por su propia cuenta. El problema es que hacerlo no es conveniente por la brecha de productividad entre el trabajo colaborativo y el trabajo aislado. Supongamos, por ejemplo, que trabajar en grupo produce 30 dólares por persona y trabajar solo produce 15. En ese escenario, el jefe podrá dar 20 dólares a sus empleados, quienes se verían presionados a aceptar debido a que la alternativa de no cooperar es aún peor. Aunque el jerarca no posea máquinas o insumos, la obediencia de la organización es una forma de capital que se fortalece a sí misma.

Si la empresa es pequeña, los trabajadores podrían cooperar horizontalmente mediante el reconocimiento sin necesidad de jerarquías. Existen varias cooperativas de software que lo hacen. El problema es que, incluso si el interés del grupo fuera quitar al jerarca y trabajar en forma horizontal, a nadie le conviene ser el primero en confrontar al jefe o negociar con los clientes para iniciar una nueva organización, porque se arriesgaría a ser expulsado y perder los beneficios de la colaboración grupal.

Es interesante pensar qué implicaría, en este caso, “tomar los medios de producción”. Cuando el jerarca poseía una fábrica, un telar automático o una locomotora, apropiarse de los objetos requería violar las leyes de propiedad privada y, por lo tanto, ser reprimido por la policía y el Estado. En cambio, cuando lo que “posee” el jerarca es la obediencia de la organización, fuerza que se fortalece a sí misma, enfrentar esa fuerza no requeriría violar la ley penal, sino organizarse en forma alternativa. Esto no significa que sea fácil o trivial. Es difícil por la contradicción entre el interés colectivo de formar una organización alternativa y el interés individual de conservar el empleo.

En contextos tan diversos como las empresas contratistas de la construcción o las plataformas de reparto a domicilio, coordinar una organización es una forma de capital capaz de sostenerse y fortalecerse a sí misma. Esto sucede siempre que el interés individual sea seguir otorgando poder: a veces conviene subordinarse a una empresa de software antes que fundar una cooperativa, porque trabajar en grupo da mayores ingresos que trabajar solo. A veces conviene subordinarse a un monarca antes que fundar una nueva ciudad, porque defenderse en grupo es más eficaz que defenderse solo. A veces conviene subordinarse a la plataforma de reparto a domicilio que usan los demás, incluso si cobra comisiones abusivas, porque usar una plataforma que no usa nadie impide conseguir clientes. Aunque el interés colectivo es fundar empresas cooperativas o plataformas equitativas, el interés individual va en la dirección opuesta. Esto permite que los jerarcas obtengan plusvalor en organizaciones que no poseen máquinas o insumos, pero que conectan personas para mejorar el rendimiento colectivamente. Revertir esta tendencia requiere consolidar fundamentos no jerárquicos para la acción colectiva.

Plusvalor sin producir

Siguiendo el razonamiento anterior, también hay organizaciones que no son estrictamente productivas donde los jerarcas reciben beneficios a costa del esfuerzo y la participación del resto. El director de un coro vecinal puede incluir piezas de su autoría para mejorar su reputación, incluso cuando esas canciones no gustan a los participantes. Para los coristas, es preferible acatar un repertorio subóptimo que no participar del coro. El director de un grupo académico puede firmar artículos que no escribió. Para los investigadores, es preferible aceptar la firma que dejar de trabajar con colegas talentosos. Los dirigentes de algunas ONG obtienen reputación, visibilidad o cargos gracias al trabajo anónimo de miles. Para los activistas, incorporarse a la organización es necesario para cooperar con otros activistas. Participar de un grupo es mejor que hacer las cosas solo, y las jerarquías permiten aprovechar esa brecha para obtener beneficios personales.

Un caso especialmente relevante para la tradición socialista son las burocracias sindicales. Los sindicatos no son organizaciones estrictamente productivas, sino que su función es mejorar las condiciones de negociación. Nacen porque confrontar a los jefes para obtener mejores salarios es costoso para los individuos pero beneficioso para el grupo. Los sindicatos compensan el interés individual con medidas diversas, desde penalizar a rompehuelgas que socavarían la lucha o garantizar piquetes que hagan efectiva la suspensión del trabajo, hasta proteger a los trabajadores de sufrir represalias por participar de la actividad sindical. Los sindicatos tienen mayor capacidad de presión cuando tienen más participantes: si Braulio confronta a su jefe en soledad, podría ser expulsado, mientras que si la fábrica entera confronta a la dirigencia, todos podrían obtener mejoras salariales.

Incluso cuando un sindicato es burocrático, jerárquico o verticalista, puede convenir participar para obtener protección, espacios de esparcimiento, cobertura médica, instancias de capacitación y otras ventajas de la negociación colectiva, en lugar de negociar con los jefes por cuenta propia. Dado que conviene participar del grupo antes que hacer las cosas solo, los jerarcas pueden aprovechar esa brecha para extraer excedentes. Pueden aceptar sobornos empresariales a cambio de acuerdos por salarios bajos e incluso apropiarse de una parte de las cuotas sindicales. Una vez que la jerarquía funciona, cualquiera que la confronte abiertamente sufrirá el riesgo de perder el trabajo u otras represalias.

Los sindicatos pequeños pueden organizarse sin jerarquías y representar la voluntad colectiva, porque pueden apoyarse en el reconocimiento como estructura fundamental. Había mencionado el ejemplo de los sindicatos argentinos donde, paradójicamente, la desarticulación sindical de la década de los 60 generó sindicatos más combativos que los sindicatos centralizados de finales del siglo XX y principios del XXI.

El poder de los jerarcas nace de que los subordinados persigan su interés individual de obedecerlo en lugar del interés colectivo de limitar su poder. Los sindicatos mitigan ese problema fundamentando la acción colectiva de los subordinados. El problema es que la regla de confrontar a los jerarcas solo se sostiene en sindicatos pequeños fundamentados en el reconocimiento, donde las reglas se aplican siempre que beneficien a la mayoría. En cambio, una vez que los sindicatos son demasiado grandes, las reglas quedan supeditadas al interés de los jerarcas, del mismo modo que la propiedad privada se supedita a los intereses del comisario de turno, o el respeto a las leyes ambientales queda supeditado a los intereses de los intendentes que ofrecen las licitaciones.

Las jerarquías pequeñas suelen ser más democráticas precisamente porque, al ser pequeñas, pueden ser moderadas por un “sindicato” horizontal (o cualquier organización de subordinados horizontal). Por eso, medidas como la rotación y revocabilidad de cargos funcionaron en tripulaciones piratas o gremios renacentistas, y medidas como la democracia asamblearia funcionaron en la Comuna de París o el soviet de Petrogrado, pero ninguna de estas medidas funcionó en la escala de la Unión Soviética. Si pudiéramos escalar la cooperación horizontal a grupos mayores, podríamos garantizar mayor democracia y equidad también en las jerarquías de gran escala. Hacerlo requiere implementar un sistema capaz de sostenerse a sí mismo en grandes escalas, algo que sabemos posible.

El despotismo

En los ejemplos anteriores, los subordinados de una organización se veían presionados a aceptar condiciones subóptimas porque la alternativa de abandonar la organización era peor. Era preferible pertenecer a un sindicato burocrático, una ciudad monárquica o un equipo académico vertical antes que perder la protección sindical, abandonar la ciudad o investigar sin colaboradores. La brecha entre participar de una organización y hacer las cosas por cuenta propia daba un margen a los jerarcas que les permitía extraer excedentes.

Los excedentes de los jerarcas dependen de las otras jerarquías u organizaciones con las cuales compiten. Si una empresa me ofrece un salario de 100 florines, no me conviene aceptar un salario de 70 por el mismo trabajo en otra empresa. En cambio, si una empresa me ofrece 70 florines mientras que la mejor alternativa me ofrece 50, me conviene aceptar el salario de 70. Para el jerarca, las alternativas que yo tenga determinan cuánto me puede pagar y cuánto de mi producción puede quedarse.

En escenarios donde conviven muchas organizaciones y los trabajadores tienen varias alternativas, los jerarcas deben ofrecer mejores condiciones a sus subordinados para preservarlos. El patrón fundamental de que la coexistencia de jerarquías puede mejorar las condiciones de los subordinados se ve encarnado en ideas como la división de poderes de Montesquieu o la aspiración a un mundo de geopolítica multipolar29. El problema es que la coexistencia de jerarquías es insostenible.

A medida que se desarrolla la tecnología y las comunicaciones, los grupos pueden aprender a cooperar en escalas cada vez mayores para alcanzar mayores niveles de productividad. Esto fomenta que las organizaciones crezcan, lo cual requiere integrar participantes de otras organizaciones. La situación obliga a todas las organizaciones a crecer: estancarse implica ceder la ventaja a otras organizaciones, que con el tiempo se volverán más poderosas y adquirirán la capacidad de incorporar a los propios participantes. Todas las jerarquías apuntan a crecer porque las que no lo hagan serán subordinadas tarde o temprano. La dinámica lleva a que cada vez haya menos jerarcas con más seguidores cada uno o, en otras palabras, a que la forma de capital social que es la obediencia se concentre y centralice. En el largo plazo, las jerarquías se fagocitan unas a otras hasta que, en el extremo, queda solo una en pie.

A partir de cierto punto de desarrollo de la competencia entre organizaciones por crecer, el crecimiento de las organizaciones más grandes implica la merma de las organizaciones alternativas: en un mundo de 100 personas, si la mayor organización tiene 60 personas, la mayor alternativa posible tendrá 40 personas como máximo, por lo que si la primera organización crece hasta tener 80 personas, la mayor alternativa pasará a tener 20 personas como máximo. En ese escenario, incluso si la organización de 80 personas es más productiva que la de 60, tenderá a pagar salarios menores. Esto es porque compite con una empresa de 20 empleados y podrá retener empleados siempre que pague más que la productividad alcanzable por 20 personas. La empresa de 60 empleados, en cambio, competía con la productividad de 40 personas. Hay un grado de concentración a partir del cual las condiciones de vida de los subordinados disminuyen incluso si la productividad aumenta.

En el extremo, cuando queda una organización en pie y la alternativa es producir y vivir en soledad, la organización restante adquiere un poder casi absoluto sobre sus subordinados. Cuando la alternativa es el desierto, incluso quienes son, formalmente, ciudadanos libres, se ven presionados a construir pirámides para el faraón. A medida que las corporaciones, plataformas y jerarquías se agigantan, sus integrantes reciben menos frutos de la cooperación, hasta transformarse prácticamente en esclavos.

La forma general del excedente

Las jerarquías se sostienen y fortalecen a sí mismas y sostienen la extracción de plusvalías siempre que hacer las cosas en grupo convenga más que hacerlas por separado. Este patrón se aplica también a escenarios donde los jerarcas no poseen máquinas, insumos o herramientas, y a grupos que no son estrictamente productivos. Además de permitir la extracción de plusvalías, las jerarquías son necesarias para implementar la propiedad privada en grandes escalas, por lo que son fundamentales para la extracción de plusvalor.

Varias revoluciones socialistas del siglo XX colectivizaron la propiedad de las tierras, las máquinas y los insumos. Sin embargo, las jerarquías son suficientes para sostener la explotación incluso en contextos de propiedad colectiva. Obedecer al jerarca conviene siempre que el resto lo obedezca. Una vez que eso sucede, el jerarca puede ordenar que lo premien de formas directas o indirectas. Puede cobrar tributo o impuestos y quedarse con una parte, o repartir solo una fracción del botín y quedarse con el resto, firmar artículos académicos del grupo que no escribió y sacar ventajas de cualquier organización. El sistema se sostiene porque tolerar las ventajas de los jerarcas es preferible a no participar de ningún grupo.

Las jerarquías sobreviven porque a ningún participante le conviene ser el primero en enfrentarlas. En escalas pequeñas, esta tendencia puede contrarrestarse mediante sistemas de reconocimiento, donde la cooperación horizontal entre subordinados pone límites al poder de los jerarcas. En distintos contextos, el reconocimiento garantizó la combatividad sindical, la rotación de cargos, la democracia asamblearia y los repartos relativamente equitativos de los ingresos en jerarquías pequeñas. En grandes escalas, enfrentar a una jerarquía requiere otra jerarquía, cuyos jerarcas también pueden extraer excedentes y negociar acuerdos con la jerarquía original a espaldas de sus subordinados. Implementar un sistema que permita la cooperación horizontal en escalas mayores permitiría democratizar jerarquías mayores.

Las observaciones anteriores plantean un desafío para la militancia. Abolir la propiedad privada sin implementar una alternativa a las jerarquías para la organización colectiva no impide la continuidad de las burocracias, la plusvalía y la explotación. Mientras las jerarquías sean la única estructura fundamental para la acción colectiva, el surgimiento de las burocracias no solo será posible sino también necesario para organizar cualquier grupo grande. Construir una alternativa es urgente.

5. La revolución

El desarrollo teórico cobra sentido político cuando nutre la praxis. Los capítulos anteriores explican el nacimiento de las burocracias: los grupos actúan en favor de sus intereses colectivos cuando sostienen reglas para contrarrestar los intereses individuales, pero sostener reglas es un desafío por sí mismo. Para la mayoría de los sistemas de reglas, hay gente cuyo interés material es no contribuir a que se cumplan, o incumplirlas ellos mismos directamente. Para sostenerse, estos sistemas necesitan apoyarse en algún otro sistema con nuevas reglas que contrarresten el interés de romper las reglas.

Pocos sistemas cumplen que, si todos siguen las reglas, conviene ayudar a cumplirlas e imponerlas. Los llamamos “sistemas circulares” porque, una vez que funcionan, se sostienen a sí mismos. Estos sistemas son la piedra fundamental para que los grupos actúen en conjunto.

Hasta el presente, el único sistema capaz de fundamentar la acción grupal a gran escala fueron las jerarquías. Las jerarquías son circulares porque, una vez que el resto del grupo obedece a un jerarca, conviene obedecerlo para recibir beneficios y evitar represalias. Por los motivos anteriores, fundamentan la propiedad privada en grandes escalas y permiten extraer plusvalor en cualquier contexto donde hacer las cosas en grupo convenga más que hacerlas solo.

Además del argumento anterior, noté que implementar sistemas alternativos y horizontales para fundamentar la acción grupal en grandes escalas es posible. En el capítulo 2, mostré el ejemplo de un sistema horizontal, capaz de poner reglas para la acción colectiva, que cumplía la propiedad de circularidad, porque a todos los participantes les convenía contribuir al buen funcionamiento del sistema. En el sistema que mostré, los grupos podían votar multas para las acciones que quisieran disuadir y donaciones para las acciones que quisieran promover.

Ahora quiero compartir algunas reflexiones sobre el impacto de las observaciones anteriores en la praxis militante y revolucionaria, porque creo que incorporar nuevas herramientas de organización en la militancia tendría más impacto de lo que parece a simple vista.

Las revoluciones burguesas

En las revoluciones burguesas del siglo XVIII, primero creció el sistema económico nuevo y después desplazó y destruyó al antiguo régimen. En las revoluciones socialistas del siglo XX, primero se desplazó y destruyó al régimen anterior y después se proyectó construir un sistema nuevo desde sus cenizas. Creo que empezar construyendo el sistema alternativo y después desplazar al sistema anterior no solo es posible para el socialismo sino que vuelve más poderosas a las revoluciones en general.

Las redes de comercio en Europa se consolidaron y fortalecieron a partir de los siglos XI y XII. En un comienzo, algunos comerciantes viajeros trasladaban granos entre ciudades lejanas para obtener ganancias. Estos viajes podían aprovecharse para trasladar paños y otras manufacturas. Una vez consolidadas las redes comerciales de larga distancia, a los artesanos de una ciudad les convino producir más paños de los que requerían sus vecinos, para venderlos a otras ciudades. Con el tiempo, la creciente demanda de textiles motivó la construcción de talleres de escalas y niveles de automatización cada vez mayores. Para evitar trasladar dinero por carreteras inseguras se desarrollaron las transferencias bancarias, para trasladar bienes valiosos tranquilamente se desarrollaron las compañías de seguros y para aprovechar oportunidades de negocios se desarrolló la industria financiera. El sistema, mediante su propio funcionamiento, incentivó a sus participantes a fortalecer y alimentar el sistema en cada paso. A medida que el mercado ganaba poder, incentivaba a quienes solían trabajar bajo jerarquías feudales a subordinarse a la nueva economía. Cuantas más personas participaban de la economía de mercado, más gente perdían las economías feudales. En cada paso, un sistema crecía y el otro se debilitaba.

El mercado creció como una bola de nieve que se fortalece a sí misma. Desde esta óptica, la toma de la Bastilla fue la avalancha inevitable de un proceso de fortalecimiento del nuevo sistema que había empezado mucho antes. Cuando las revoluciones burguesas terminaron de desplazar al sistema anterior, no hubo que crear un sistema nuevo desde cero, porque el nuevo sistema ya estaba ahí. El proceso fue tan exitoso que, más de 200 años después, la economía global sigue subordinada a los designios del mercado.

El mercado, al igual que las jerarquías y el reconocimiento, es capaz de sostenerse a sí mismo, pero no es capaz de organizar la acción colectiva ni contrarrestar contradicciones entre los intereses individuales y colectivos. Puede sostenerse a sí mismo porque, una vez que los demás valoran y usan el dinero, también conviene valorarlo. A nadie le conviene ser el primero en dejar de usarlo: si Braulio se despierta un día y decide dejar de usar dinero, le será más difícil obtener comida, vestimenta o medicinas.

El mercado no puede contrarrestar las contradicciones entre los intereses individuales y colectivos porque las transacciones de mercado suceden entre pares de personas, no entre grupos mayores. Braulio y Aníbal cierran los negocios que convengan a Braulio y Aníbal, sin importar cuánto impacten a los demás. Braulio podría vender un telar que produce textiles baratos contaminando ríos y Aníbal lo compraría, incluso cuando esto contradice el interés colectivo de la humanidad. De manera similar, el mercado no recompensaría a Aníbal por descontaminar un lago. Incluso si Braulio quiere que el lago se descontamine, conviene esperar que otros recompensen a Aníbal para disfrutar del lago limpio sin pagar. Dado que el mercado no garantiza acciones colectivas como la protección del medio ambiente o la limpieza, estas tareas siempre fueron sostenidas por jerarquías. Es por eso que el mercado nunca funciona sin un Estado que ponga algunas reglas, como por ejemplo la regla de respetar la propiedad privada.

Las revoluciones socialistas funcionaron al revés que las revoluciones burguesas. Es cierto que existió un efecto de “bola de nieve” brevemente, efecto observado por el propio Marx: a medida que los sindicatos crecían, podían organizar más trabajadores para garantizar más reivindicaciones y ganar poder, lo que motivaba a más trabajadores a participar de la lucha sindical. Finalmente, ese efecto se debilitó porque, una vez que los sindicatos y organizaciones adquirieron escalas suficientes, pasaron a funcionar mediante jerarquías y, paradójicamente, a obstaculizar la misma lucha que los había hecho crecer. Sin embargo, a diferencia de lo que sucedió en las revoluciones burguesas, la lucha por un sistema socialista no se fortaleció gracias al crecimiento de una economía socialista.

En el nivel de las estructuras fundamentales, las revoluciones burguesas implantaron un sistema nuevo que se fortaleció hasta reemplazar al sistema anterior. Las revoluciones socialistas, en cambio, funcionaron por jerarquías que tomaron el poder. Sistemáticamente, cuando los sistemas jerárquicos tomaron el poder, conservaron la organización jerárquica, burocrática y desigual hasta que, décadas después, los Estados socialistas restauraron el capitalismo.

Me pregunto qué pasaría si, en lugar de esperar a tomar el poder para fundar el sistema nuevo, nos pudiéramos andamiar en el sistema nuevo para tomar el poder. Tras el éxito de las revoluciones burguesas y la burocratización y posterior capitulación de las revoluciones socialistas, vale la pena intentar ese camino. Creo que podría ser más fácil de lo que parece a simple vista.

Clases y fundamentos

Analizar la política pensando exclusivamente en los intereses de las clases puede llevar a pasar por alto dificultades prácticas30. Además de los intereses comunes de una clase, siempre hace falta tener en cuenta los sistemas fundamentales que sostienen la lucha por esos intereses comunes.

Sabemos, por ejemplo, que el interés de la clase obrera es luchar por mejores condiciones laborales. También sabemos que, para garantizar mejores condiciones laborales sostenidas, necesitamos un sistema económico alternativo donde el destino de la economía se decida democráticamente. Esto implica que el interés colectivo de la clase trabajadora es tomar el poder. Una vez tomado el poder, el interés de la clase trabajadora será contribuir al buen funcionamiento del nuevo sistema, lo cual implica trabajar por el bienestar colectivo y confrontar a cualquier burócrata que acumule demasiado poder. Todo lo anterior implica que, si todos los trabajadores defendieran los intereses de su clase, la revolución sucedería sin mayores dificultades.

El problema es que, en la práctica, la mayoría de los trabajadores no defienden automáticamente los intereses de su clase. A través del ensayo, hemos analizado los sistemas materiales que definen por qué a veces las personas actúan contra los intereses de su grupo y a veces actúan a favor. Desafortunadamente, el único sistema capaz de fundamentar la acción colectiva que se utilizó hasta ahora en grandes escalas fueron las jerarquías, y el interés individual de los jerarcas es defender su posición dominante. El análisis de las jerarquías ofreció una explicación materialista de por qué los sindicatos de gran escala dejan de defender los intereses de la clase obrera, y también de por qué, una vez hecha la revolución, los burócratas fortalecieron su poder sin que las grandes mayorías los depusieran. Estudiar los sistemas fundamentales ayuda a entender cuándo las clases actúan como tales y cuándo no.

Cuando no había explicaciones materialistas claras de estos fenómenos, parte de la tradición socialista interpretó los problemas anteriores desde un lenguaje ético. Esto limitó la fuerza de la militancia. Estratégicamente, reconocer cuándo el interés material de un trabajador individual se opone al del grupo, e intervenir para contrarrestar esa tendencia, es más poderoso que intentar convencerlo debatiendo. Algunos militantes, sin embargo, pasan por alto el interés individual y denuncian estados de “alienación” de los trabajadores que no priorizan el interés colectivo. Interpretan que la tarea militante es transmitir la conciencia revolucionaria mediante debates y argumentos. Sin embargo, perder el foco sobre los intereses materiales lleva a perder capacidad de acción.

Intentar intervenir sobre las ideas en lugar de sobre los intereses materiales es ineficaz porque los intereses materiales determinan las ideas. Por este motivo, intentar cambiar las ideas concientizando será ineficaz mientras no cambien los intereses. Esta observación, central para la tradición marxista, fue corroborada una y otra vez por las ciencias cognitivas: los estudios sobre disonancia cognitiva y racionalización muestran que adaptamos nuestras ideas para justificar nuestras actitudes, en lugar de adaptar las actitudes para adecuarse a nuestras ideas. Los incentivos moderan nuestras actitudes, y después adoptamos ideas para racionalizar las actitudes que ya habíamos tomado.

Es cierto que la clase obrera y el socialismo no lograron acceder a plataformas de propaganda tan poderosas en el mundo occidental, como sí lo lograron las posturas capitalistas. Esto pareciera implicar que la falta de conciencia de clase proviene de no contar con un megáfono tan grande. En realidad, la primacía de los intereses materiales sobre el discurso implica que ningún megáfono es tan poderoso para llevar a la gente contra sus intereses materiales, y no hace falta ningún megáfono para que alguien persiga sus propios intereses. Esto puede observarse, en la práctica, en otras causas que sí pudieron emitir propaganda a gran escala. La causa ambiental propuso reciclar, reducir el uso de plástico o priorizar las bicicletas y el transporte público. Aun con un vasto nivel de propaganda, usar plástico y automóviles es más cómodo para los individuos, porque no hay medidas materiales suficientes para contrarrestar estas tendencias. Como resultado, la mayoría de las personas usa plástico y no recicla e incorpora argumentos para justificar sus actitudes.

En los Estados socialistas, la propaganda para que los trabajadores priorizaran el bien común siempre tuvo un gran nivel de difusión. Aun así, el espíritu estajanovista de trabajar en pos del bienestar colectivo solo caló a gran escala después de que se implementaran pagos proporcionales a la productividad de los trabajadores, para alinear el interés material individual con el interés colectivo. La modificación en los intereses materiales se racionalizó, por fin, con argumentos centrados en la conciencia revolucionaria.

El discurso no modifica los intereses; los intereses modifican el discurso. Confundir la consecuencia con la causa lleva a intervenir en el terreno equivocado. La militancia más exitosa interviene los intereses materiales en lugar de intentar convencer a la gente de actuar en favor de los intereses colectivos con debates y concientización. En consecuencia, la mejor manera de sostener el ideal del “hombre nuevo” o de la “revolución permanente” es implementar estructuras fundamentales que promuevan la cooperación horizontal a gran escala.

Eso que llamamos “conciencia de clase”, es decir, el factor que determina cuándo las clases persiguen sus intereses colectivos y cuándo no, paradójicamente no se construye interviniendo la conciencia sino los sistemas fundamentales para la acción colectiva. Cuando ningún sistema fundamenta la acción colectiva, priman los intereses individuales. Cuando los grupos pequeños se fundamentan en el reconocimiento, priman los intereses de la mayoría. Cuando los grupos grandes se fundamentan en jerarquías, priman los intereses de los jerarcas. Hasta ahora, no hemos implementado otro sistema circular en grupos grandes.

Queremos que emerja la conciencia de clase para fortalecer la lucha por un sistema alternativo y para garantizar que ese sistema funcione tras la revolución. Sabemos que lograrlo requiere forjar un nuevo sistema fundamental, horizontal y escalable.

Fortalecer la lucha

Intervenir los intereses materiales incorporando un sistema fundamental nuevo permitiría resolver desafíos actuales de la lucha de los trabajadores.

La contradicción entre intereses individuales y colectivos entorpece la lucha sindical. En los capítulos 1 y 2, observamos que participar de la huelga trae contradicciones y en el capítulo 4 observamos que las burocracias sindicales también emergen por estas contradicciones. En pequeñas escalas, el reconocimiento podría organizar la lucha para evitar la burocratización, pero el sistema fundamental de grandes escalas otorga poder a jerarcas.

La contradicción de intereses en la lucha se agravó con la complejización del sistema capitalista. En el siglo XIX, cuando la movilidad laboral era escasa y la mayoría de los puestos eran de trabajador fabril raso y fácilmente reemplazable, la forma más probable de mejorar los propios ingresos era que mejoraran los ingresos de todos los trabajadores rasos. En el siglo XXI, hay más diversidad entre los puestos de trabajo, y cada trabajador tiene opciones más accesibles para mejorar sus ingresos individuales que unirse a un sindicato y mejorar los ingresos de todos los trabajadores. Cursar una capacitación, conseguir un segundo trabajo o intentar ascender son más accesibles a nivel individual31. Incluso si la lucha sindical es exitosa, es más probable mejorar el nivel de vida si uno se enfoca en la propia carrera y deja que otros luchen por conquistas colectivas. En el siglo XIX, el interés individual estaba estrechamente ligado a que todos mejoren el salario, mientras que en la actualidad el interés individual es rebuscárselas por cuenta propia. Como resultado, las condiciones de negociación colectiva empeoran para todos.

La contradicción de intereses también afectó a la lucha revolucionaria. Aunque el interés colectivo es ganar la revolución, el interés individual es que otros reciban las balas. El reconocimiento contrarrestaba esto en pequeñas escalas. En los focos guerrilleros y las milicias populares, los participantes arriesgaban la vida por sus compañeros. En grandes escalas, la sensación de comunidad desaparece, y la contradicción se ataca con una jerarquía militar.

Lenin interpretó la necesidad de jerarquías para fundamentar la revolución como una necesidad de vanguardias para la toma de conciencia. Su experiencia de lucha le mostró que las jerarquías resolvían necesidades prácticas en las revoluciones, que él interpretó priorizando la guía, la agitación y la propaganda. A nivel material, las jerarquías eran el único sistema capaz de fundamentar la acción colectiva. Si el interés material individual volviera a ser la militancia revolucionaria, las ideas seguirían los intereses materiales, y dejaría de hacer falta una vanguardia que guíe la toma de conciencia.

La burocratización debilita la lucha. La jerarquía sindical puede pactar con empresarios a cambio de dádivas e ir contra los intereses de la militancia. La jerarquía soviética puede poner reglas para acrecentar su propio poder. Los líderes de partidos revolucionarios pueden priorizar la actividad parlamentaria para obtener beneficios personales, como sucedió con la socialdemocracia alemana en el siglo XX. Las grandes jerarquías no promueven los intereses del grupo sino los intereses de las camarillas.

Si pudiéramos escalar la cooperación horizontal, podríamos traducir el éxito de las luchas y la camaradería de pequeñas escalas a las grandes escalas. El nivel de efervescencia y democracia adquiridas en la República de Florencia, en las tripulaciones piratas, en los pequeños sindicatos, soviets o comunas, ya no se enfriaría y acartonaría en grupos grandes. El espíritu de lucha se fortalecería, en lugar de debilitarse, a medida que las organizaciones cobren mayor poder y tamaño.

Escalar la cooperación horizontal traería una segunda ventaja: permitiría implantar un sistema económico socialista cuyo desarrollo fortalezca la lucha, tal como el crecimiento del mercado nutrió las revoluciones burguesas.

Fundar otro modo de producción

Dentro del sistema capitalista, existen lógicas alternativas de producción. La organización interna de las cooperativas, las fábricas recuperadas y las comunas suele ser horizontal y democrática. Frecuentemente, las cooperativas ceden ante la presión de reproducir las mismas lógicas verticales que rechazaban del capitalismo cuando crecen demasiado. Parte de la militancia trotskista sospecha del potencial transformador del movimiento cooperativista e interpreta que las cooperativas solo garantizarían una lógica de producción radicalmente distinta en el contexto de un sistema socialista. Desde esa perspectiva, para producir de manera realmente distinta, primero hay que tomar el Estado.

Si producir con lógicas distintas fuera posible antes de tomar el Estado, la toma del poder podría apoyarse y fortalecerse en el nuevo modo de producción. Esto repetiría el patrón exitoso de las revoluciones burguesas, donde el crecimiento del mercado desde el siglo XII nutrió y sostuvo el posterior desplazamiento del Antiguo Régimen y la proyección internacional del nuevo sistema. Es importante precisar los límites del movimiento cooperativista, porque los problemas centrales no provienen del capitalismo circundante sino de desafíos irresueltos en la organización interna. Si esto es así, resolver los desafíos internos permitiría implantar un auténtico sistema socialista capaz de crecer hasta desplazar al sistema actual.

Un desafío al alcance del cooperativismo es cómo proteger su economía. Imaginemos que hay 3 fábricas recuperadas que funcionan como cooperativas. La fábrica de Aníbal produce alpargatas, la de Braulio produce camisas y la de Claudio produce lapiceras. Cada cooperativa ofrece ingresos dignos a sus trabajadores. Algunas, recién fundadas, siguen ajustando relaciones con sus proveedores y sus costos. Cruzando el océano, hay otras fábricas que pagan salarios de miseria y venden productos más baratos. Las fábricas explotadoras venden por 7 pesos las alpargatas que Aníbal vende por 10, por 15 pesos las camisas que Braulio vende por 20 y por 1 peso las lapiceras que Claudio vende por 2. En ese escenario, si todos los trabajadores de las cooperativas compraran los productos en el exterior, ninguna vendería y todas quebrarían (o se verían obligadas a pagar salarios de miseria para competir). Entonces, el interés colectivo de las cooperativas es comprarse entre sí, para seguir funcionando. Sin embargo, el interés de Braulio es esperar que Aníbal y Claudio compren sus camisas para obtener dinero, pero comprar él sus alpargatas y lapiceras a las fábricas que venden más barato. Para prosperar y crecer juntas, las cooperativas necesitan reglas que fortalezcan su comercio interno.

Otro desafío al alcance del cooperativismo es cómo perseguir intereses comunes entre cooperativas diferentes. Existen acciones que benefician a todo el ecosistema, como ofrecer capacitaciones gratuitas en cooperativismo y hacer campañas que lo promuevan, compartir costos de logística, consultoría legal y otras actividades redundantes entre cooperativas, promover los intereses del cooperativismo en el Estado y, en general, promover la cooperación y disuadir la competencia desleal. Desafortunadamente, cuando una actividad beneficia a un grupo entero, el interés individual es esperar que la haga otro para obtener los beneficios sin esforzarse. Contrarrestar esta tendencia requiere medidas materiales.

La innovación es un ejemplo del desafío anterior. Un invento o desarrollo que permite que todo el ecosistema sea más productivo o funcione mejor beneficia a todos (y no solo al inventor). Esto cobra especial importancia en la industria tecnológica, cada vez más poderosa en el capitalismo internacional. En Argentina, hay decenas de cooperativas de software. Suelen vender el servicio de desarrollo de software en lugar de aplicaciones o plataformas. Esto es como vender materias primas en lugar de productos manufacturados, en el sentido de que el valor agregado se lo queda el comprador en lugar del productor, con la diferencia de que en el software es peor, porque “copiar” una aplicación después de armarla es virtualmente gratis. Es como coser una camisa una sola vez y poder vender infinitas copias sin tener que producirla de nuevo.

Vender una aplicación terminada puede generar fortunas de calibre internacional; vender el desarrollo de software, no. Que el beneficio de los productos y las aplicaciones vaya a las empresas en lugar de quedarse en el ecosistema cooperativo es una oportunidad perdida. Si el movimiento pudiera apropiarse de ese poder, se acercaría a desplazar al sistema anterior, como lo hizo el mercado con el feudalismo.

Lo que limita el desarrollo cooperativo de aplicaciones y productos de software no es la falta de dinero o capital, porque muchos programadores podrían costear el tiempo de trabajo requerido. El problema es que innovar favorece los intereses colectivos pero no los individuales. El costo de innovar es el riesgo de producir algo que nadie quiera comprar. Si el proyecto fracasa, los desarrolladores habrán perdido el tiempo. En cambio, si el proyecto triunfa, la cooperativa crecerá y la fortuna se repartirá democráticamente entre los participantes que desarrollaron el producto y los que se incorporaron después. Entonces, siempre convendría esperar que innoven otros e incorporarse después, para asegurarse nunca trabajar en vano y obtener los beneficios sin correr el riesgo. Implementar reglas que contrarresten esta contradicción de intereses abriría posibilidades de construcción de poder económico sin precedentes.

Para enfrentar los desafíos anteriores, el movimiento cooperativo fomentó la cooperación mediante sistemas de asambleas y delegados, similares a los analizados en el capítulo 3, tanto en su organización interna como en federaciones que nuclean diversas cooperativas. Estos sistemas, desafortunadamente, tienden a convertirse en jerarquías cuando crecen demasiado. La presión de las cooperativas a burocratizarse provino de la incapacidad de fundamentar reglas en grupos grandes sin jerarquías, y no de existir en un contexto de mercado. Si el contexto en que un sistema nace aplacara necesariamente al nuevo sistema, el feudalismo habría aplacado el crecimiento del mercado. Si un sistema alternativo pudiera escalar, podría crecer y fortalecerse a sí mismo hasta desafiar al sistema actual.

Si pensamos el problema desde otro ángulo, vemos que el reconocimiento implementó reglas para organizar la actividad productiva de comunidades pequeñas desde tiempos inmemoriales. El “comunismo primitivo”, es decir, la economía previa a la existencia de las grandes jerarquías y la extracción de plusvalías por los jerarcas, funcionaba sin explotación gracias a que fundamentaba la acción colectiva en forma horizontal. Si tuviéramos un sistema horizontal capaz de funcionar en grupos grandes, podríamos escalar una lógica de producción similar, pero con los beneficios tecnológicos y de productividad de trabajar en escalas mayores. Técnicamente, podríamos implementar el comunismo en grandes escalas.

Las revoluciones burguesas triunfaron gracias a que un sistema alternativo creció hasta reemplazar al sistema anterior. Las revoluciones socialistas intentaron el camino inverso y terminaron reproduciendo la organización por jerarquías. Practicar nuevos modos de organización permitiría construir una alternativa desde abajo, que se fortalezca y acumule poder al desarrollarse, como lo hicieron las revoluciones más exitosas.

Preservar la humanidad

El crecimiento de jerarquías y el desplazamiento de los códigos comunitarios también afectó a la vida cotidiana.

En el medioevo, por ejemplo, había códigos morales que prohibían la usura y limitaban la acumulación de poder, pero los códigos son tan fuertes como el sistema que los implementa. El sistema que implementaba estos códigos era el reconocimiento en el interior de gremios medievales. Como el reconocimiento organiza grupos pequeños, ofrece recompensas y penalizaciones limitadas e incapaces de competir con los incentivos que pueden ofrecer las grandes jerarquías. Entonces, una vez que algunas jerarquías o fortunas crecen lo suficiente para ofrecer recompensas mayores a las penalizaciones de los gremios, pueden superar y disolver las reglas que estos sostenían.

En la actualidad, sucede algo similar. Faltar a compromisos sociales o familiares para trabajar era rechazado por códigos de reconocimiento que se debilitaron. Cuando los demás aceptan este tipo de órdenes, todos se ven obligados a aceptarlas para no quedar expuestos. Pasar nuestro tiempo de ocio en plataformas digitales y entregar nuestros datos al oligopolio informático aumenta la vulnerabilidad y los niveles de ansiedad y depresión de la mayoría. Sin embargo, una vez que los demás lo hacen, la vida social y laboral pasa a depender de las redes y todos se ven obligados a hacerlo. Recuperar un modo de vida que nos beneficie a todos depende de nuestra capacidad de poner reglas para resolver estas contradicciones y actuar colectivamente a gran escala.

Varios problemas sociales y morales que asociamos al capitalismo tardío nacen de la disolución de códigos que sostenía el reconocimiento, porque no pueden competir contra las grandes jerarquías y plataformas. Todos estos códigos podrían recuperarse si pudiéramos sostener códigos en escalas mayores y con más fuerza. Implementar un sistema fundamental horizontal y escalable no solo permitiría fortalecer la lucha y la capacidad productiva, sino también responder a problemáticas de vital importancia para la juventud actual.

Proyectar el futuro

Todo lo anterior sugiere que, si la militancia socialista practicara el uso de un sistema fundamental nuevo, esto transformaría radicalmente nuestro potencial revolucionario. Al principio, permitiría organizar la militancia y la lucha democráticamente, previniendo las tendencias a la burocratización cuando las organizaciones crecen. Con el tiempo, permitiría nuclear y fortalecer formas de producción alternativas. Además, permitiría frenar algunas tendencias del sistema actual que nos aislan y hacen daño social y emocional.

El mercado creció como una bola de nieve hasta transformarse en una avalancha. Crecía, ganaba productividad y reclutaba más participantes, hasta terminar con el feudalismo e imponer el capitalismo internacional. Un sistema alternativo y escalable podría adquirir la misma fuerza retroalimentada que sostuvo las revoluciones burguesas.

Además, consolidar un sistema alternativo antes de tomar el poder ofrece mejores garantías sobre la horizontalidad del nuevo sistema. La alternativa de destruir el sistema actual y luego construir uno nuevo con urgencia llevó, sistemáticamente, a reimplementar a las apuradas un sistema conocido, las jerarquías.

Podemos construir hoy mismo el sistema de mañana.

Conclusiones

Vimos por qué las revoluciones se burocratizan, desde una perspectiva materialista y revolucionaria. Materialista, por basarse en los intereses materiales de los actores y no en juicios éticos o características de personalidad. Revolucionaria, por entender la crítica como un paso necesario para formular respuestas superadoras.

El principal obstáculo a las revoluciones es que los participantes de un grupo no siempre defienden los intereses de su grupo, porque su interés individual contradice los intereses colectivos. Por este motivo, los grupos solo actúan colectivamente cuando implementan reglas o medidas que contrarrestan la contradicción de intereses, promoviendo actuar en favor del grupo o disuadiendo actuar en su contra.

Imponer un sistema de reglas para contrarrestar los intereses individuales favorece al grupo pero es costoso para los individuos. Cuando esto sucede, hace falta que otro sistema de reglas promueva imponer el sistema original. El único contexto en que no hace falta otro sistema es cuando un sistema puede promover, por sí mismo, el cumplimiento y la imposición de sus propias reglas. Los sistemas que cumplen esta propiedad, llamada “circularidad”, son fundamentales para la acción colectiva, porque pueden sostenerse a sí mismos y a los otros sistemas de reglas que el grupo necesite para promover sus intereses.

Hasta la actualidad, existieron dos sistemas fundamentales para la acción colectiva: el reconocimiento, que es horizontal y funciona en pequeñas comunidades, y las jerarquías, que concentran el poder en pocos jerarcas pero pueden funcionar en organizaciones grandes.

Las revoluciones y los sindicatos se burocratizan porque, hasta la actualidad, el único sistema fundamental disponible en grandes escalas fueron las jerarquías. Las jerarquías permiten extraer plusvalías incluso cuando las máquinas y los insumos de la producción son de propiedad colectiva. Por lo tanto, garantizar una revolución socialista requiere implementar un sistema fundamental nuevo, que cumpla el criterio de circularidad y funcione de manera horizontal en grandes escalas. Existe, por lo menos, un sistema que cumple estas condiciones, lo que implica que el proyecto es viable. En principio, simplemente empezar a organizarnos mediante un sistema alternativo permitiría que el movimiento se fortalezca a sí mismo hasta superar al capitalismo.

Las medidas tradicionales para prevenir la burocratización, como la organización mediante soviets, la rotación y revocabilidad de cargos o la disponibilidad de armas para los trabajadores, no fueron suficientes porque las reglas siempre dependen de los sistemas circulares que las sostienen. Estos sistemas, al no ser circulares, dependieron de jerarquías para sostenerse en grandes escalas. Como las jerarquías solo implementan reglas cuando estas favorecen a los jerarcas, ninguno de los sistemas anteriores pudo consolidar una alternativa a la burocratización.

Para garantizar que las revoluciones no devengan en burocracias, necesitamos que la militancia construya e implemente algún sistema democrático capaz de sostenerse a sí mismo en grandes escalas. Si no lo logramos, los esfuerzos contra la burocratización serán infructuosos. Sin embargo, las condiciones están dadas para intentarlo.

Los razonamientos anteriores, además, muestran que practicar una forma de organización alternativa daría la misma fuerza que tuvieron las revoluciones burguesas a la revolución socialista. Las revoluciones burguesas cambiaron la organización económica internacional de manera sostenida, gracias a que se fortalecieron implantando un sistema nuevo que creció, escaló y ganó poder hasta desplazar y reemplazar al sistema anterior. Tomar el mismo camino permitiría resolver obstáculos recurrentes de la lucha socialista y facilitaría la toma de poder.

Bibliografía consultada

  • Karl Marx
    • Manifiesto Comunista
    • El Capital, tomos 1 y 2
    • La Ideología Alemana
  • León Trotsky
    • Problemas de la Vida Cotidiana
    • La Revolución Traicionada
  • Elinor Ostrom
    • Governing the Commons
  • Mancur Olson
    • The Logic of Collective Action
  • Robert Axelrod
    • The Evolution of Cooperation
    • The Complexity of Cooperation
  • John Roemer
    • A General Theory of Exploitation and Class
  • Ada Palmer
    • Inventing the Renaissance
  • Thomas Schelling
    • Micromotives and Macrobehavior
  1. Me refiero al campo de estudio iniciado por el trabajo de Robert Axelrod en el modelado computacional de las estructuras de cooperación. Este trabajo fundacional fue popularizado en los libros “La evolución de la cooperación” y “La complejidad de la cooperación”, del propio Axelrod. 

  2. En el contexto del marxismo, “materialista” significa “concreto” o “científico”. Un enfoque materialista apelaría exclusivamente a factores materiales, y no espirituales o sobrenaturales, para explicar los hechos sociales. 

  3. Los koljoses eran las granjas colectivas que reunían las tierras y los animales de varios campesinos, como resultado de la colectivización. 

  4. Los kulaks eran los campesinos poseedores de tierras y animales, cuyo interés individual era conservarlos en lugar de entregarlos al koljós. 

  5. El trabajo a destajo se paga de acuerdo con la producción de cada trabajador, en lugar del tiempo de trabajo usado en la tarea. 

  6. Podría establecer una analogía más completa con la paradoja de Zenón. La paradoja de Zenón afirma que una flecha nunca llegaría a su objetivo, porque primero debe recorrer la mitad de la distancia, luego la mitad del camino restante, luego la mitad del nuevo camino restante y así sucesivamente. Entonces, la flecha tendría que cubrir infinitas distancias antes de llegar al objetivo, algo que parecía imposible de lograr en tiempo finito. La matemática de límites permite sumar infinitos términos para obtener resultados finitos, algo que no era posible en tiempos de Zenón. Esto no significa que las flechas piensen en la paradoja de Zenón y la resuelvan con matemática de límites para llegar al blanco. La discusión teórica sobre infinitos nace del intento de comprender y describir racionalmente el movimiento de la flecha, y no es necesaria para arrojarla. Sin embargo, la discusión racional relacionada permitió entender nociones como la velocidad o la aceleración, algo que ayuda no solo a disparar flechas con mayor precisión, sino también a enviar naves espaciales a la luna. Identificar una regresión al infinito aparentemente paradójica y luego comprender su solución fue importante para interpretar un fenómeno real, incluso si el suceso real no implica hacer esos cálculos. Lo mismo sucede con las regresiones al infinito entre sistemas de reglas y sus soluciones. 

  7. El sistema podría funcionar sin que nadie pacte, mencione o escriba las normas explícitamente. Esto es porque imponer las reglas favorece la reputación dentro del grupo, entonces el interés individual es acercarse a los valores colectivos. Si todos miran mal al que se viste raro y también a quien se junta con el que se viste raro, uno puede aprender a imponer la regla sin que nadie se lo pida, e incluso sin darse cuenta, simplemente reaccionando a cómo lo miran los demás. 

  8. Subjetivamente, las personas actúan por emociones como el amor o la gratitud. Materialmente, el amor y la gratitud existen por motivos similares a los que observamos en esta sección. Por ejemplo, la gratitud es una emoción que inclina a favorecer a quien nos favoreció, para promover que otros cooperen con nosotros. Es la contraparte del enfado, emoción que inclina a perjudicar a quien nos perjudicó, para disuadir que se aprovechen de nosotros. Ambas emociones evolucionaron para lograr que el interés individual de otras personas sea colaborar con nosotros en lugar de intentar aprovecharse. 

  9. Ver, por ejemplo, La complejidad de la cooperación, de Robert Axelrod. 

  10. En particular, cuando hablamos de “comunismo primitivo”, el sistema subyacente que garantiza que todos los participantes obren en favor del interés colectivo es un sistema de normas circular como el que mencionamos más arriba, implementado inconscientemente mediante nuestras emociones. 

  11. Naturalmente, el interés individual del jerarca es preservar su poder, lo cual requiere ordenar penalizar a quienes lo desobedezcan o amenacen su cargo. Entonces, el interés individual de todos los participantes, tanto los subordinados como el jefe, es ayudar a imponer la autoridad del jerarca. 

  12. En la práctica, se ha enfrentado jerarquías de gran escala mediante otras jerarquías. Por ejemplo, se enfrentó la jerarquía empresarial con jerarquías sindicales y se enfrentó la jerarquía militar zarista con la jerarquía del ejército revolucionario. Este tipo de enfrentamientos puede ayudar, pero veremos que no permite resolver, de raíz, el problema que lleva a la burocratización de las revoluciones. Las jerarquías pequeñas, sin embargo, sí pueden ser enfrentadas por grupos horizontales, porque sus subordinados podrían fundamentar su actividad en el reconocimiento. Volveré sobre estas observaciones en los capítulos 3 y 4. 

  13. Hemos visto por qué tanto el reconocimiento como las jerarquías son sistemas de reglas que motivan imponerse a sí mismos. En el capítulo 3 mostraremos otros sistemas de reglas, algunos propuestos por la tradición socialista, que no son estructuras fundamentales porque no cumplen la circularidad. 

  14. Más adelante veremos que esto no siempre sucede, lo cual es un problema de las jerarquías. Por ejemplo, los jerarcas podrían ser sobornados por la empresa que incurre en la deforestación ilegal. 

  15. Esto podría traer problemas, en cuyo caso sería bueno contar con mejores soluciones. Sin embargo, no sería la primera vez que se apele al dinero para resolver problemas prácticos del socialismo. Se hizo lo mismo, por ejemplo, en la NEP de Lenin, en las industrias soviéticas y, en general, en el socialismo “de transición”. 

  16. Por ejemplo, si uno propone una sanción de 3 libras esterlinas, otro propone un premio de 5 libras esterlinas, y un tercero propone un premio de 7 libras esterlinas, se ordenan los valores tomando a las sanciones como números negativos (-3, 5, 7) y luego se toma el valor del centro (el 5). El valor que queda en el centro después de ordenar los valores se conoce como “valor mediano”. 

  17. Tomar el valor mediano es mejor que hacer un promedio entre los valores votados, porque los promedios son manipulables. Por ejemplo, si quiero que escuchar música fuerte sea sancionado con 20 libras esterlinas, y otras tres personas votaron sanciones de 5 libras esterlinas, yo podría votar una sanción de 65 libras para que el promedio sea 20. Esta manipulación es imposible si se toma el valor mediano. 

  18. En teoría de las decisiones, este tipo de razonamientos se describen como “puntos focales” o “puntos de Schelling”. 

  19. Mencioné que el sistema podría funcionar mediante una plataforma digital. Esto añade el requisito de que nadie pueda manipular la plataforma para provecho personal. Existen métodos informáticos, como los mecanismos descentralizados de consenso, para implementar sistemas digitales que no tienen esa vulnerabilidad. También existen métodos informáticos para garantizar que la elección de validadores sea azarosa, etc. 

  20. La estructura de soviets tiene un problema menor, que es que ningún delegado puede reproducir fielmente la posición de la asamblea, porque siempre comunica su interpretación de la posición de la asamblea. Cuando el sistema de soviets tiene varios niveles (barrial, municipal, zonal, provincial, regional, etc.), el comité central trabajará a partir de la interpretación de la interpretación de la interpretación, etc., de lo que se discutió en cada barrio. Incluso si tuviera las mejores intenciones, el comité central siempre tomará decisiones ponderando la posición de sus integrantes por sobre la de la población general. Este problema es menor comparado con el hecho de que los soviets no cumplen la propiedad de que a todos los participantes les convenga respetar e imponer el sistema, algo que analizaremos a continuación. 

  21. Esto no significa que todo comité central gobierne, indefectiblemente, contra los intereses de las personas que deba representar. En principio, podría existir un comité central constituido exclusivamente por “buenos samaritanos” que nunca quieran usar su poder para obtener más poder. El problema es que si un comité central, una vez, quisiera hacerlo, tendría el poder de hacerlo y nada se lo impediría. 

  22. O, si se me permite, donar una vaca al koljós sin garantía de percibir frutos en el corto plazo es una ruleta rusa. 

  23. En El Capital, las nociones de “capital” o de “propiedad privada de los medios de producción” se conciben en términos más relacionales que materiales. Desde esta interpretación, la posición del jerarca podría considerarse una forma de propiedad de medios de producción, incluso si no está atada a la posesión de ningún objeto material. 

  24. Recordemos que esta propiedad, que hemos llamado “circularidad”, se aplica a pocos sistemas de reglas. No se aplica a los soviets o a la rotación de cargos. Sin embargo, hay sistemas viables que no fueron implementados en la práctica, como lo ejemplifica el sistema presentado al final del capítulo 2. 

  25. Esta contradicción podría resolverse si el grupo tuviera otros mecanismos además del reparto de sillas para promover que la gente aporte, como confrontar o penalizar a quienes ponen poco esfuerzo en el conjuro. Esto requeriría poder implementar reglas en el interior del grupo, lo cual requiere algún sistema circular. Para grupos grandes, el único sistema circular que existió hasta ahora fueron las jerarquías. 

  26. En El Capital, Marx trata el aumento de la productividad a medida que crecen los grupos en el capítulo titulado “La cooperación”. Ofrece la metáfora de que una persona sería incapaz de mover un bloque de piedra, mientras que un grupo grande sí sería capaz. Esto da la pauta de que 100 personas podrían construir 100 pirámides con tiempo suficiente, pero una sola persona jamás podría mover la primera piedra. Si entendemos el capital como aquello que media y permite la cooperación, el rol de jerarca es una forma fundamental de capital. 

  27. Esto es porque los grupos grandes rinden mejor que los grupos pequeños. Si 10 personas pudieran protegerse y trabajar tan productivamente como 10.000 personas, nadie se vería presionado a permanecer en la ciudad sometida. Que trabajar en grupo sea más productivo hace emerger y sostiene a las jerarquías. Los beneficios de la cooperación son deseables e inevitables, pero necesitamos alternativas a las jerarquías para aprovecharlos. 

  28. El marxismo distingue la propiedad privada de los medios de producción y la llamada “propiedad personal”. La propiedad personal incluye objetos de uso personal (como la ropa, el cepillo de dientes, el propio cuarto) mientras que la propiedad privada de medios de producción incluye objetos que otros usan para producir, a partir de lo cual el propietario obtiene plusvalía (una fábrica, un taller de carpintería, una locomotora). 

  29. La coexistencia entre jerarquías mejora las condiciones de los subordinados siempre que los jerarcas compitan por crecer ofreciendo mejores condiciones a los subordinados. Si, en cambio, compiten por crecer mediante enfrentamientos bélicos, los subordinados enviados a la guerra vivirán peor. 

  30. Siempre es útil tener en cuenta los intereses de clase para tener claros los objetivos y planificar estrategias. El problema es que conocer el interés colectivo de un grupo no es suficiente para saber cómo el grupo se comportará. Entender cuándo una clase actúa como tal y cuándo no lo hace requiere analizar los sistemas fundamentales que sostienen su acción colectiva. 

  31. Lenin observaba que algunos sectores de la clase trabajadora eran “sobornados” por el sistema, y señalaba que este sector, al que denominaba “aristocracia obrera”, tenía intereses contradictorios con los intereses de su propia clase social. La complejización del sistema capitalista amplificó la contradicción de intereses a la mayoría de la clase obrera. 

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